PAISAJES PERUANOS

Por su cercanía a Choquequirao, “El paso del Apurímac” es el capítulo que más nos conmueve. La obra de José de la Riva-Agüero presenta en ese tercer capítulo la más hermosa descripción de esa zona específica de la falla geológica que hoy se conoce como el Cañón de Acobamba.

Riva-Agüero opta por explorar la sierra peruana en un época en que esta permanecía aislada (sólo podía llegarse a Cuzco en mula) y era menospreciada por los círculos que el autor frecuentaba en Lima. Porras señala acertadamente que “(…) la historia está adherida a la tierra y brota de ella un mandato ineludible. Sin aceptar el determinismo fatalista del medio , no cabe dudar de la influencia culminante del medio en la vida primitiva de los pueblos y  en las orientaciones fundamentales de su cultura, como tampoco la reacción del hombre al reto de la naturaleza.”

Esta edición de 1995 tiene un fantástico estudio preliminar de Porras Barrenechea

Ya hemos hecho referencia a nuestra posición contraria al determinismo geográfico, por tanto suscribimos enteramente las palabras del historiador. La sierra peruana tiene una bravura de puma acosado, diría Alegría, y la misma bravura definió la personalidad del hombre andino que la aprovechó sabiamente.

Como Riva-Agüero a principios del siglo XX, el viajero de hoy que se aproxime a pie a esta sección del Cañon del Apurímac, reconocerá súbitamente la ferocidad de una geografía indomable. El paisaje aquí es conmovedor, devastador; hay que ir bien preparados para enfrentar cuestas imposibles y bajadas sin fin. Al fondo siempre el río Apurímac.

Dejemos que Riva-Agüero nos narre su hazaña:

(Extracto libre)

“Apurímac se traduce príncipe sonoro o rey de los ríos y fue adorado por los indígenas entre los mayores dioses. Al norte y a los confines occidentales, se empina la cordillera en violácea gradería, de la que emergen el Soray y el Salcantay embozados en nieves y nubes, y a cuyos pies se guarecen, adivinadas en la lejanía, entre bosques tropicales invisibles, las fortalezas de Choquequirao y Vilcabamba, últimos refugios de los incas proscritos.

 Diríase que descendemos a la cripta de un rey sobrehumano. Aún no oímos la corriente. De pronto, en una revuelta del camino, un fragor indecible nos asorda; y entre obscuros y desmesurados bastiones graníticos y calcáreos, relumbra el Apurímac, a modo de una grande espada curva. En este momento acuden a mi memoria versos de Manuel Adolfo García, que leí en mi niñez. Dicen:

 ‘las juguetonas sirenas del Apurímac’

 ¡Cómo ignoraron y falsearon nuestros románticos la verdadera fisonomía del paisaje peruano! Este foso de piedra profundísimo, en el que hierve el caudal espumante de las aguas, a nadie puede ofrecerle imágenes de juego y de blandura: es un cuadro de salvaje belleza, de exaltación siniestra, sucitador de un sombrío frenesí. El numen de sus orillas era una cruel divinidad que inspiraba furor profético, y a la que erigieron los indios un templo célebre, en la ribera oriental. Profería el oráculo sus sentencias junto al estrépito del río. Su santuario, según Pedro Pizarro, estaba muy pintado, sin duda de bermellón y amarillo naranja como los otros principales del país. Cerca de él, añade Cieza, había un palacio habitado por los incas cuando acudían en peregrinación a consultar al Ídolo, como todavía lo hizo el último Manco. La efigie era un leño grueso y rudo, tinto en la sangre de los sacrificios.

De curso arrebatadísimo el Apurímac es en este sitio impropio para la navegación. Sin campos en sus orillas, sumido en honda concavidad, entre formidables acantilados de piedra, es igualmente inútil para el riego. Ajeno a todo menester prosaico, tiene aquí sólo el desinteresado valor de un espectáculo, la esterilidad fecunda de los seres más nobles: incomparable excitante para la imaginación, aliento para el alma, exhortación de sublime vehemencia, visión significativa y magnífica, heroico entre sus almenas rocas, destrozador de las moles ingentes, vencedor de las más duras breñas. Apurímac; eje de toda nuestra historia, es la gigante voz de la patria, el sacro río de los vaticinios, que naciendo entre riscos saturados de leyendas y recuerdos, corre impaciente a dilatarse en las llanuras amazónicas.

En el seno de la quebrada sofocan el calor y las nubes de mosquitos. No se ve del cielo más que una angosta franja de intenso azul. La corriente, velocísima y lodosa, arrastra ramas y pedruscos; se crispa en unas partes con espumosos remolinos; presenta en otras, placas lívidas y aceradas, centellea más abajo como las mallas de una armadura.

 El puente nuevo, denominado Tablachaca, que sucedió al antiguo colgante de mimbres (descrito por Markham, Squier y Castelnau) fue cortado en la revolución del anteaño. Al extremo opuesto, hay una gran peña a cuya sombra me siento.

 La subida es un molesto sendero. Serpentea en las laderas abruptas, sobre el abismo del río. Duermo en la hacienda, a la madrugada siguiente, subo al pueblo de Curahuasi.”

Son muchos y muy variados los comentarios que podemos hacer a este pasaje. Habiendo ya reconocido y admirado la cualidad artística de la descripción (creemos que no se ha publicado nade mejor en ese respecto) toca ahora hacer unas precisiones.

En cuanto al significado que nuestro autor postula para Apurímac, léase “príncipe sonoro o rey de los ríos”, debemos decir que se trata de una etimología popular carente de sustento fáctico. El término está compuesto por la raíz “rímac” que quiere decir “hablante” o “hablador” y el modificador “apu” que significa mayor o “principal” ambos en quechua. De lo anterior se colige que Apurímac es en realidad “Hablador principal”.

El término ha sido analizado por el eximio lingüista Rodolfo Cerrón-Palomino y ya trataremos específicamente de ello en otro post. Baste por ahora precisar que la idea “del río que habla” no es propia del mundo andino. “Hablador principal” hace referencia a otro concepto; se trata del oráculo mayor cuya sede se ubicaba cerca del río en esta misma zona. Si bien el historiador John Hemming sostiene que dicha sede se ubicaría en Saywite, el antropólogo Marco Curatola ha deslizado la idea que la locación correspondería mas bien al mismísimo Choquequirao. Coincidimos con la última tesis, sobre la que ahondaremos también en otro post.

A la definición de Apurímac como oráculo principal sirven la acotaciones deRiva-Agüero pues identifica la existencia  de una “cruel divinidad que inspiraba furor profético (…) Profería el oráculo sus sentencias junto al estrépito del río.” Además precisa que habría estado pintado de bermellón (es decir, de color rojo) como otros santuarios mayores -se nos viene a la mente Pachacámac-. Acerca del enlucido rojo, podemos adelantar que los más conspicuos estudiosos de Choquequirao ya han determinado que algunos de sus sectores  estaban pintados, precisamente, de rojo. Prometemos investigar el tema y publicar al respecto. Por último, la idea que el inca rebelde de Vilcabamba haya consultado específicamente a este oráculo (“como todavía lo hizo el último Manco”) refuerza nuestra tesis de Choquequirao como sede del Apurímac. Esto es así porque es sabido que la “tierra de guerra” es decir, la zona dominada por Manco Inca y vedada a los españoles se extendía hacia el sur oeste hasta el Apurímac. Por encima del río se ubica Choquequirao y Manco pudo haber accedido a la sede oracular por el camino que une Vitcos (centro político de Vilcabamba durante los primeros años de la gesta) con Pincha Unuyoc y Choquequirao, sin tener que haber abandonado la tierra que permanecía bajo su control. Nada de esto supo Riva-Agüero ya que quien centraría su interés en Vitcos y los incas de Vilcabamba sería Bingham, quien ese mismo año recorría el otro lado de la cordillera, siguiendo el curso del Urubamba.

Es una lástima que Riva-Agüero no se haya animado a recorrer los escasos kilómetros (deben ser a lo más 5) entre el Tablachaca (literalmente, “puente de tabla”) y el Maucachaca (puente antiguo hecho de ichu). Indica que el puente de ichu “fue cortado en la revolución del anteaño” es decir, ya no colgaba más. Sin embargo se hubiera deslumbrado con el túnel inca que conduce al puente y con seguridad  nos habría legado la descripción más bella de su entorno.

La serpiente de oro

Esta es la obra de Alegría que podría releer toda la vida (junto con algunas otras, por supuesto).

Hermosa cubierta, lamentablemente la edición tiene demasiados errores.

Sin embargo, no podemos dejar de llamar la atención respecto de los muchos errores de la editorial Planeta en su edición del 2007. El diseño de la cubierta es muy lindo; muestra una selva recorrida por el río y la serpiente en una especia de adn de doble hebra hallado en la naturaleza. Se trata de una suerte de amenaza, el lector percibe la advertencia desde el inicio; esta no es una historia con necesario final feliz. Don Oswaldo, uno de los personajes, hará caso omiso a las repetidas advertencias del viejo Matías y los cholos de Calemar y terminará atrapado allí en ese río, en esa serpiente.

En cuanto a los errores;

1. Contracubierta

Aquí se rescata nada menos que la frase inicial del relato, pero equivocadamente: “Por donde el Marañón rompe las cordilleras en un voluntarioso afán de avance, la sierra peruana tiene una bravura de puma acostado.” ¿Qué tan bravo puede ser un puma acostado?

Contracubierta: el error más notorio de los muchos en esta edición. Don Ciro Alegría merece más respeto, más cariño.

En realidad debe decir un “puma ACOSADO“, tal como se consigna en la página 7 de la novela.

¿Cómo es posible que a los correctores (si es que los hubo) se les haya pasado tremendo desacierto?

2. Página 23 dice: “en sus ojos verdes llueve con sol yes ardilosa… “. Debe decir: “en sus ojos verdes llueve con el sol y es ardilosa…”

3. Página 53 dice : “No enconrró”. Debe decir: “No encontró“.

4. Página 74 dice: “El Arruro”. Debe decir: “El Arturo“.

5. Página 86 dice: “don Marías”. Debe decir: “don Matías“.

6. Página 97 dice: “cualquiera le echa cirtcuenta años”. Debe decir: “cualquiera le echa cincuenta años”.

7. Página 118 dice: “por e! el callejón”. Debe decir: “por el callejón”.

8. Página 167 dice: “Cómo el agua de río”. Debe decir: “como el agua de río”.

Dice “Cuandó” debe decir “cuando“.

Como ven, son faltas casi todas ortográficas pero la cantidad de ellas (seguro no hemos consignado todas) traba la lectura, rompe el ritmo, engaña la atención, fastidia el gozo, quiebra la verosimilitud literaria, anula el mundo recreado por el autor. En suma, son un crimen editorial y un desmedro del arte alegriano.

La serpiente de oro  está plagada de frases bellísimas que aún descontextualizadas en citas independientes no pierden nada de su fuerza original. A título reivindicativo presentamos las siguientes:

i. “El hombre es igual al Río, profundo y con sus reveses pero voluntarioso siempre.”

ii. “Por donde el Marañón rompe las cordilleras en un voluntarioso afán de avance, la sierra peruana tiene una bravura de puma acosado. Con ella en torno, no es cosa de estar al descuido.”

iii. “Descender, descender. Todo va hacia el fondo de la encañada. La quebrada y el camino, los hombres y los animales van hacia abajo, a encontrar el Marañón, a dar a él mismo. Horas y horas. La Lucinda siente el descenso como un rendimiento, como una voluptuosa caída. Súbitamente, un rumor hondo e interminable”.

iv. “La vida, como el río, tiene siempre recodos y pasos difíciles.”

v. “-¿Es la muerte?

No, no es tal. Es un mar formado de noche.

Es la selva.

Una faja blanquecina se apaga entre la vasta noche diurna y se puede pensar apenas que es un río.

Y entre las cordilleras, entre esos cerros, una gran faja blanca en lo profundo, reptando como una gran serpiente por sus bases para guiarlos en la atropellada marcha. Es el Marañón, el río grande como los Andes y como la selva. Algunas faldas abultadas lo ocultan, pero siempre dejan adivinarlo, pues la faja asoma una y otra vez desenvolviéndose en amplias curvas hasta perderse tras el Cajamarquilla, haciendo afirmar rotundamente que no termina allí sino que se prolongará hasta que sea su propia voluntad el acabarse.

‘Ande, selva y río son cosas duras, señor’

-Eternas”

vi. “Salir de allí no es cosa de los hombres.

Es cosas de Dios.

¡Si creciera el río!

Dios es el río mismo.”

vii. “Solamente los hombres de esos valles, los cristianos del Marañón, sabemos y podemos comprender el rudo y trágico mensaje de unos cuantos maderos reunidos que van a la deriva, en una perdida balsa solitaria.”

viii. “La Serpiente de Oro, porque el río, visto desde arriba, parece una gran serpiente  ¡y cómo es tan rico!”

ix. “¡Aquí la naturaleza es el destino!”

x. “Me contó un señor que en tiempos antiguos los peruanos adoraban como a meros dioses al río también y también a la serpiente. Y yo digo que tal vez fue porque la diferencia es poca y al no saber cuál era más ni menos, verán que para los dos tuvieron adoración.”

 

xi. “Río Marañón, déjame pasar;

eres duro y fuerte,

no tienes perdón.

Río Marañón, tengo que pasar:

Tú tienes tus aguas,

yo mi corazón”

El primer gringo en Choquequirao fue un francés que parecía afeminado

En el prólogo del  tomo II de la Colección de Viajeros en el Perú, Raúl Porras Barrenechea cuenta que se trataba del Secretario de la Embajada de Francia en Río de Janeiro. Era un joven aventurero nacido en París y coincidió con Flora Tristán en Arequipa en 1834.

De Sartiges – Botmiliau Dos viajeros franceses en el Perú Repulicano edición de 1947 dirigida por el Dr. Porras Barrenechea

Tristán nos presenta la figura de un tipo afeminado, “una girl inglesa” diría Porras. El joven llevaba risos rubios, tenía las mejillas rosadas, las manos blancas y los arequipeños llegaron a dudar -con algo de burla- de su verdadero sexo.

A pesar de la antipatía que le tenía al muchacho de 22 años, Tristán no deja de reconocer la fortaleza de aquél arrojado viajero que había logrado superar las más arduas pruebas de resistencia a lo largo de sus periplos. Por lo demás, fue todo un éxito con las mujeres arequipeñas, que pugnaban por un mechón rubio.

Ostentaba el título nobiliario de Vizconde, su nombre; Eugene de Sartiges. Pero firmó su obra “Voyage dans les Républiques de l’Amerique du Sud” con el seudónimo de E.S. de Lavandais. No se sabe porqué ocultaba su identidad.

¿Qué lo trajo de París a América, y qué lo llevó de Río a atravesar el Cabo de Hornos y penetrar en el Perú profundo? Porras presenta una inmejorable descripción esa motivación; “De Sartiges viaja, como todos sus contemporáneos románticos, por fatiga de lo cotidiano, por hastío de lo conocido y necesidad de lejanía”. Frase exacta y hermosa.

A continuación un extracto libre de la obra del joven francés en torno a la aventura que vivió yendo y viniendo de Choquequirao ¡en 1834!:

“Me era duro decir adiós tan pronto a los magníficos paisajes de las cordilleras, era duro sobre todo dejar la región alta del Perú sin haber visitado una especie de Herculano peruana sobre la que había recogido, durante el camino, los relatos más extraños: la antigua ciudad de Choquequirao, casi perdida entre las ásperas soledades de la sierra que lleva su nombre. El cura del pueblo de Curaguasi* me habló de esas ruinas con un tono misterioso. No pude más y en vez de dirigirme hacia Lima, tomé la senda de la alta cordillera, desde donde debía llegar a las gargantas en las que se ocultan, a orillas del Apurímac, los monumentos de Choquequirao. El cura me dio una carta para el jefe de postas de Mollepata, población en la cual debía apartarme del gran camino que va hacia Lima, para dirigirme a la cordillera.

 En la hacienda Huadquiña me proponía hacer los últimos preparativos para una excursión que no carecía de peligros y que exigía el concurso de quince trabajadores indios, dirigidos por un guía experimentado. Desde allí hasta Choquequirao, no Íbamos a encontrar más abrigo que la bóveda de los bosques, ni otro lugar de reposo que el borde de los torrentes.

 Dije a mi anfitrión en Huadquiña el motivo de mi excursión y mi esperanza de penetrar en Choquequirao. Me presentó la cosa como algo casi imposible

 Para descender fue preciso decir adiós a nuestras mulas y nos dirigimos en línea recta hacia el Apurímac, que corría algunos miles de pies más abajo.

 ¡Qué cosa más horrible es ser los primeros en abrir una trocha a través de los bosques!

 De tiempo en tiempo una hendidura enorme cortaba el camino y  era preciso, para pasar, fabricar un puente colgante. Felizmente no faltaban las lianas para atarlos con solidez

 La provisión de agua se agotó. Correr sin agua en pleno sol y esto durante diez horas consecutivas, era para llorar de rabia

 El cuarto día el camino fue marcado por nuevas fatigas y a la mañana siguiente divisamos las primeras casas de la ciudad desierta de Choquequirao.

 A cada paso encontrábamos vestigios de civilización. Si se sigue la línea principal de casas que desciende en gradería sobre los flancos de la montaña, se llega a una vasta plaza que tiene a un lado un palacio y al otro un pórtico o más bien un muro triunfal.

 Los indios derribaron los árboles que crecían en una de las alas del palacio, hicieron un techo de bambú y de cañas y allí establecimos nuestro campamento para los ocho días que intentábamos pasar en Choquequirao.

 Las calles eran estrechas, sobre todo aquellas que atravesaban la ciudad en dirección de la pendiente de la montaña que formaba un arco profundo al norte. Detrás se elevaban rocas dentelladas cortadas a pico y cubiertas de nieve. Al este y al oeste, dos estribaciones de la montaña se extendían como brazos para ocultar y proteger las ruinas. Al sur, y a gran profundidad, corría el Apurímac.

 Un montículo de forma circular se destacaba de la ciudad y avanzaba como un promontorio por encima del río. Sin duda era uno de los lugares destinados a los sacrificios y a la oración.

 Los muertos estaban sepultados en huecos abiertos en las rocas y nada se enterraba con ellos. ¡Nada para enseñarnos cómo fue su vida y su muerte! Como única huella de su existencia, osamentas sin mortajas ni vasos funerarios y un nombre apenas conservado por la tradición.

 En realidad, es una historia melancólica la de las antiguas poblaciones del Perú. Apenas han transcurrido trescientos años desde la conquista y las ciudades más magnificas han desaparecido dejando como pruebas de su existencia sólo vastas ruinas sin nombre.”

*Curahuasi tenía por esa época 400 casas de teja y paja y 3,000 habitantes.

Mario Vargas Llosa: Nobel 2010 y la Guía Literaria de Lima

En 1993 MVLL declaró: “Dudo que, antes o después, me haya exaltado tanto alguna noticia como aquella” recordando su felicidad tras haber ganado el premio de La Revue Francaise en 1957. Más de medio siglo después, sus lectores esperamos que haya disfrutado una sensación similar tras recibir el Nobel 2010. Entonces se fue a París, ahora lo espera Estocolmo.

Ganar el concurso que la revista  La Reveu Francaise organizó en 1957 llevó a MVLL a Europa por primera vez. El capítulo XIX de El pez en el agua se titula, precisamente, El viaje a París; la capital de “el país mítico donde habían nacido los escritores que más admiraba”.  El narrador cuenta que:

” Se quedaba sorprendido [el señor Prouverelle, su anfitrión] de que yo anduviera todo el tiempo asociando los monumentos, calles y lugares de París con novelas y poemas que conocía de memoria” (pg. 455, primera edición).

Así como MVLL recorría el París literario que tanto lo apasionaba, Rafo León recorre  “La Lima de Mario Vargas Llosa” y nos la presenta en una de las Rutas Literarias que PromPerú ha vuelto a editar con ocasión del Nobel.

El “barrio” en la obra de Vargas Llosa es un elemento fundamental; la vida de los niños de clase media en Los Cachorros se desenvuelve en las calles de Miraflores. El barrio se desborda en La ciudad y los perros; las hormonas  adolescentes  de los cadetes del CMLP los arrastran a sus  aventuras por Huatica. Los muros color gris-negro de las calles del centro y lo que queda del “río” Rímac adquieren cierta prestancia decadente en Conversación en La Catedral.

Recorrer ese Miraflores de Vargas Llosa que existe -transformado por la modernidad- es un verdadero viaje literario. Explorar Huatica habiendo disfrutado esas páginas es una experiencia enriquecedora, pero pasar por ahí sin haberlo hecho es sólo pasear por la Rica Vicky. Uno ve el centro de Lima más bonito -literalmente- cuando camina sus calles como quien ojea las páginas de su obra.

Hoy es difícil imaginarse las olas del mar rompiendo al pie del acantilado limeño; la pista en la Costa Verde parece que hubiera estado ahí desde siempre. Pero en La Perla, frente a la puerta principal del Colegio Militar Leoncio Prado verá que el mar alcanza la costa como una amenaza que se repliega sólo para repetirse. No existe playa.  ¿Cómo se atrevían a “tirar contra” por aquí esos cadetes?

Descarga la guía en PDF aquí: GuiasLiterariasMVLL

Se distribuye gratuitamente en las oficinas de la Av. Basadre y en los puestos iPeru (Larcomar, aeropuerto, etc). Mayores detalles en http://www.peru.info

Chankillo; Las 13 Torres

El primer observatorio astronómico del mundo

Así es, y puede visitarlo en un fin de semana desde Lima. Encuentre toda la información  en el portal del Instituto de Investigaciones Arqueológicas;

http://www.idarq.org/chankillo.htm

 

Vista desde la torre norte
Hacia las torres
Impresionante; el muro de la toma anterior desde cerca

A pocos minutos de la playa Las Gramitas en el km 347 de la Panamericana Norte.

El lugar donde se levanta Chankillo es espectacular

El viajero puede quedarse en Las Aldas (http://www.lasaldas.com/) y conversar con el señor Dante que sabe muchísimo de la zona.

El mejor punto de partida es Las Aldas, en la playa Las Gramitas
Restaurante “La Balsa” en honor a la Kon-Tiki; la puerta a Chankillo y a las caletas

Amelia no solo prepara un gran ceviche sino que vive en el mismo Valle de Chankillo, muy orgullosa y buenísima gente. Aprovechamos para dejarles una copia del artículo científico del Dr. Ghezzi.

Les interesó mucho obtener la información y me sorprendió que no la hubieran leído. En todo caso, el viajero ya puede disfrutar del artículo prácticamente in situ. Don Clemente Luyo es un apasionado de las exploraciones y nos contó que la hazaña de Thor Heyerdahl lo conmovió tanto que decidió rendirle homenaje con el nombre de su restaurante.

Pare a almorzar en La Balsa, consulte el artículo y explore Chankillo CON MUCHO CUIDADO, RESPETANDO SIEMPRE EL PATRIMONIO NACIONAL.

Pincha Unuyoc: el agua entre Choquequirao y Machu Picchu

La cultura de preservación del agua que hoy intentamos instaurar

dista mucho de la noción del agua como elemento ritual en el

mundo andino

Vista desde el “spa”

PERU; país de las maravillas

(In the Wonderland of Peru*)

El Perú tiene la naturaleza de un Lovemark;  misterioso, repleta los sentidos y despierta una conexión íntima en el viajero que se dispone a conocerlo de verdad.

Los 100 años desde la llegada de Bingham a Machu Picchu se cumplen dentro de muy poco y hasta ahora es tema de discusión la naturaleza misma de este enigmático lugar. ¿Qué era Machu Picchu?

De Sartiges dio a conocer Choquequirao 67 años antes que Machu Picchu apareciera en las primeras planas y hoy sabemos inclusive menos de esta otra maravilla. ¿Qué era Choquequirao?

El Perú es un camino, afirmó Antonello Gerbi. Podríamos agregar que es un camino misterioso y nuestro deber y placer es recorrerlo. A continuación algunos datos acerca de ambas maravillas.

Andén de acceso a Pincha Unuyoc

Hermanas sagradas

Choquequirao y Machu Picchu; una noción muy difundida las llama “Hermanas Sagradas”. Así les dicen pues comparten locaciones espectaculares muy por encima de ríos tan profundos como sagrados. El Apurímac rompe la cordillera en un voluntarioso afán de avance(1) a los pies de Choquequirao y es el afluente más remoto del Amazonas; el río más grande del mundo. El Urubamba arrastra peñones muy por debajo de Machu Picchu y se une al Apurímac para formar el Ucayali, al norte del Cusco, que también aporta sus aguas al Amazonas. Machu Picchu y Choquequirao están enclavadas en las faldas de Apus cuyas nieves derretidas saciaron la sed de sus antiguos habitantes. El agua es aquí un elemento vital, mágico y religioso y las bellísimas fuentes que adornan y sirven las llactas así lo demuestran.

En Choquequirao La Casa de la Caída de Agua o La Casa del Inca Provincial  tiene como ante sala una fuente ritual. Las aguas de esta fuente provienen de la quebrada de Chunchumayo, la misma que desciende desde la nívea cumbre del Corihuayrachina “Donde se ventea el oro“. El Inca entonces tenía el privilegio de gozar del agua que el  Apu le proveía de sus alturas. Como si fuera poco, el agua que terminaba de fluir por las fuentes de la Casa se apresura hacia las profundidades del cañón y da al Apurímac. “Apu-rímac”, es decir Principal Hablador(2); se trataría entonces de la sede de uno de los más importantes oráculos andinos(3). Hablar o sea decir o predecir. Al otro lado de la sobrecogedora garganta de roca, frente a Choquequirao, una hermosa catarata deja caer a tumbos sus aguas cristalinas. De este lado, el canal que une los sectores Urin (bajo) y Hanan (alto) parece querer imitarla en menor dimensión, a escala humana. Heráclito notó que “A la naturaleza le gusta esconderse”; los incas construyeron obras que se mimetizan en su entorno, que se esconden en y como la naturaleza  y así lograron comprenderla.

Catarata frente a Choquequirao
Canal de agua principal en Choquequirao

En Machu Picchu las fuentes rituales son muy numerosas y se sirven del majestuoso Salkantay . El agua como elemento indispensable para la vida encuentra aquí el más hermoso agradecimiento por parte del hombre, quien se sirve de ella. El agua es “mimada” en Machu Picchu y en todo el recorrido del famoso Camino Inca que conduce a la llacta. No es casualidad que el número de fuentes vaya en aumento; son menos en Patallacta, muchas más en Wiñay Wayna hasta llegar a Machu Picchu. En palabras del experimentado R. Frost, el camino es una ruta de purificación que encuentra su clímax llegando a la “ciudad perdida”. La geografía sacra alrededor de Machu Picchu no puede ignorarse; rodeada en tres de sus cuatro lados por el río sagrado de los incas, el Urubamba (a esta altura llamado también Vilcanota) parece una isla en medio de la Cordillera. Por el sur en cambio, Machu Picchu es resguardada por su Apu tutelar, el mágico “Salvaje”, “Indómito” que eso es salkantay en quechua. La geografía sagrada de los Andes es la tésis central  del Dr. Johan Reinhard. Fue este experto montañista quien acompañara  al experimentado escalador arequipeño Miguel “Miki” Zárate,   descubridor de la famosa Dama de Ampato o “Momia Juanita”. “Johan” = “Juan” = “Juanita”.

Choquequirao y Machu Picchu dominan vistas sobrecogedoras y como dijo un experto “sus arquitecturas – a diferencia de las estructuras modernas que están impuestas sobre la tierra- parecen aflorar de ella como una roca sagrada, como una huanca o más bien como una flor de kantu, como parte de la naturaleza misma”.

Choquequirao no es un segundo Machu Picchu

El viajero se preguntará ¿qué separa a Choquequirao de Machu Picchu?

Desde una perspectiva histórica, las separan una o dos generaciones; recordemos que es un hecho histórico que Machu Picchu se hizo durante el gobierno de Pachacútec y aún se discute si fue su hijo Túpac Yupanqui o bien su nieto Huayna Cápac quien ordenó construir Choquequirao.

Desde el punto de vista geográfico las separan Los ríos profundos de Arguedas, gigantescas quebradas que le roban el último aliento al caminante sólo para devolvérselo mientras levanta una apacheta en honor a las cumbres que las coronan. Son 100 largos, diríamos inmortalizantes kilómetros que deben recorrerse a pie para unir estas maravillas. Es imposible  salir indemne de este viaje(4). La geografía trastoca,  conmueve, humaniza…peruaniza. Las moles nevadas que deben rodearse por sus pases más benévolos despiertan en el viajero sensaciones contradictorias; por un lado lo doblegan de humildad y al mismo tiempo lo sublevan al repletarlo de orgullo por el pasado de esta tierra y de los hombres -sus ancestros- que sabiamente la habitaron.

En la etapa final del recorrido, 6 días a pie detrás de Choquequirao y a un día de camino de Machu Picchu está el poblado de Colpapampa. La carretera que parte de Santa Teresa (camino a convertirse en un segundo Aguas Calientes o “tourist trap”) termina justo donde estaban los  baños termales -destruídos por la trocha- que más de una vez disfrutamos. Le llaman progreso. Machu Picchu y su entorno son auténticas  joyas que los peruanos debemos aprender a apreciar y cuidar. Sin embargo, el avance desorganizado del falso desarrollo hará de un lugar soñado otro lugar arruinado.

Relajo andino en una locación remota

 

En cambio, en la parte inicial del recorrido, a un día de camino hacia el nor este de Choquequirao se mantienen intactas las estructuras de Pincha Unuyoc. ¿Qué era este lugar?

Etimológicamente, el término podría ser interpretado como “Lugar donde brilla el agua”. Pinchiy quiere decir relucir o brillar, unu es agua y el sufijo  yoq señala “con” o “lugar donde”.

Viajera en el “spa”; agua fría y cristalina, una sensación de relajo y logro

“Es un spa andino” ha señalado el renombrado arquitecto y explorador Vincent R. Lee. Resulta increíble que estudiosos extranjeros hayan publicado más literatura ciéntifica respecto de Choquequirao y su entorno que los expertos peruanos. ¿Cómo valorar lo que tenemos si no sabemos que existe? Muchos arqueólogos del Cusco han escrito obras extraordinarias pero su difusión es demasiado limitada. El INC, Promperú y el Ejecutivo a través del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo están obligados a difundir estas obras en formatos accesibles de alta calidad, en quechua como en castellano. Dado que esto último no sucede, los expertos deben aprovechar las tecnologías de la información y publicar masiva (y gratuitamente) en internet. Esta es una obligación tanto moral como científica.

Pincha Unuyoc y los trabajos arqueológicos hace unos años

Lee señala que “el camino conducente a Pincha Unuyoc trepa  hacia el oeste de Choquequirao, penetrando el bosque por encima de barrancos que se precipitan 2000 metros hacia el Apurímac. En medio de la floresta y aprovechando el único curso de agua aparecen parte de las edificaciones. En realidad son mucho mayor de lo que aparentan, comprenden 52 niveles (…) El agua se distribuía através de un canal vertical proveniente de una cueva hacia cuatro canales horizontales. El área irrigada mide más de una hectárea”(5).

 Pincha Unuyoc: Lugar donde brilla el agua

Imponentes portadas de doble jamba le indican al viajero que está frente a un recinto de categoría.

Doble jamba; el enlucido bermellón debió hacerlo ver más impresionante

Pincha Unuyoc fue sin duda una locación restringida de privilegio y los nichos de doble jamba al interior de esta construcción son una prueba adicional de lo que afirmamos.

Nichos de doble jamba al interior del recinto

Lo mismo sucede con el gran nicho trapezoidal, también de doble jamba y del tamaño de un hombre ubicado en los niveles inferiores. Habiendo consultado con los reconocidos doctores Paz y Samanez**, Lee no ha demorado en indicar que la impresión que se tiene es la de un spa de relajación de alto estatus rodeado de lo que pudo haber sido un jardín vertical de plantas exóticas u ornamentales.

¡Que refinamiento! Y todo esto a más de 3 días de camino de Cachora o de Huanipaca (los accesos más conocidos a Choquequirao).

Expedición a Pincha Unuyoc

Estos remotos restos arqueológicos esperan ansiosos sólo al viajero más aventurero y físicamente preparado. Llegar hasta Choquequirao es una Odisea para la inmensa mayoría de los pocos que se atreven a retar los desniveles del Cañón del Apurímac. Ir más allá es impensable para casi todos.

Pincha Unuyoc está a 4 horas de arduo camino hacia el oeste de Choque; hay que subir y bajar. “Ahí no más” como dice Chocano.

Si bien el camino más marcado es el que sube detrás de las grandes andenerías de Choquequirao, preferimos trepar al abra que conduce a Pincha Unuyoc siguiendo el pequeño camino que bordea el canal de agua ubicado encima del sector Alto (Hanan) de la llacta.

Desde el abra se aprecia una vista alucinante del valle de Huanipaca y en primer plano el ushnu de Choquequirao. La vista es solo superada por la del cañón del Río Blanco o Yuracmayo que fluye hacia el Apurímac.

Una vez en Pincha Unuyoc el viajero podrá relajarse en medio de la más inhóspita cordillera; hacia el norte y a unos 700 metros por encima del nivel del río está Maizal, en camino a las Minas Victoria y Yanama, en dirección a Machu Picchu. Pase la noche en Pincha Unuyoc e imagine el mundo Inca reviviendo su devoción por el agua. Tome muchas fotos y no deje huella alguna de su visita. Al día siguiente continúe a Machu Picchu o retorne a Choquequirao. Recoja la basura que encuentre y llévela consigo hasta el pueblo más cercano.

Sabrá entonces que todo hombre es un descubridor.

Cuéntenos aquí la historia de su expedición.

Colpapampa: los baños termales antes de la carretera
Colpapampa se moderniza: la trocha que borró los baños. Dicen que serán reconstruidos.

* Título del artículo de H. Bingham en National Geographic Magazine de 1913

** “No se ha hallado evidencia arqueológica contundente (que compruebe que sea un spa)” comunicación personal, Arq. Samanez

(1) Ciro Alegría; La serpiente de oro

(2) Rodolfo Cerrón-Palomino; Onomástica Andina

(3) Marco Curatola; Los oráculos en el mundo andino

(4) Lorenzo Silva; Viajes escritos y escritos viajeros

(5) Vincent Lee; Inca Choqek’iraw

El Alma y los Andes

En el Alma de quien cruce los Andes

persistirá siempre

como una herida

la impresión del paisaje

Ciro Alegría; el alma en los Andes (Puerto Rico, 1952)

Las palabras de Alegría son claras.

¿Pero qué hay detrás de esa claridad?

El paisaje es parte del hombre, sin duda. Pero el paisaje peruano es determinante. En otras palabras, el paisaje del Perú es además de un entorno cultural,  un elemento creador, transformador. Un pachacuti.

Si todos los peruanos nos reconociéramos como andinos la mediocridad intelectual que se manifiesta en expresiones racistas / discriminatorias pronto se desvanecería.

El paisaje del ande es protagonista en la obra de Alegría, también es un escenario, un “setting” majestuoso.

El limeño que habita la segunda capital más desértica del mundo es tan andino como el iquiteño viviendo en la ribera del Amazonas y el puneño junto al Titicaca.

La Cordillera de los Andes es la espina dorsal del Perú, y si bien determinó los ciclos culturales, los encumbramientos y colapsos de las naciones antiguas, la primera  civilización americana (Caral) y el último imperio del continente (Inca), nuestra identidad andina no termina de calar en los peruanos. Y debería.

Importa destacar que la determinación producto de los Andes nada tiene que ver con los postulados de las tésis del determinismo geográfico. Todo lo contrario. Los Andes impregnan al Perú con casi todos los climas del mundo y sería un absurdo racista arguir que por ser un país tropical (ubicado entre los trópicos) su gente somos de tal o cual modo. Ya lo ha aclarado meridianamente el Pulitzer Jared Diamond en “Guns, Germs and Steel”.

El alma herida por el paisaje andino es una bella forma de anunciar la inmensa riqueza cultural peruana, porque nuestro paisaje está discretamente plagado (no es una contradicción) de manifestaciones culturales. Las cumbres más altas fueron sede y testigos de las capac hucha; sacrificios humanos  realizados para aplacar la ira de los apus, agradecerles las cosechas y pedirles por la abundancia de agua (La Dama de Ambato en Arequipa). Las abras en los valles inter-andinos, de la zona quechua, sembrados de apachetas y huancas que marcan la humilde presencia humana ya sea en los lugares más apartados como también en medio de las casas o kanchas. En las yungas o zonas bajas de la costa, las laderas de los cerros y las pampas decoradas con figuras como sucede en Nazca, Palpa, Toro Muerto. Finalmente, las yungas amazónicas son fuente ancestral de conocimiento por excelencia. No es casualidad entonces que los antis, la etnia que habitaba la entrada a la selva amazónica en Vilcabamba haya dado nombre a la Cordillera de los Andes.

La obra de Alegría es una invitación a recorrer el mundo andino, que es el Perú.

III. La fama del Puente sobre el Apurímac es coextensiva con la del Perú

G. E. Squier

Más de  Peru: Incidents of travel and Exploration in the Land of the Incas(1877);


El camino al túnel está muy erosionado

“Desde arriba se llega al puente, que parece un simple hilo, por una senda que en uno de los lados traza una línea delgada y blanca en la cara de la montaña y por la cual el viajero más audaz puede vacilar en aventurarse a bajar. Al otro lado la senda desaparece de inmediato detrás de una repisa rocosa, en la que hay espacio justo para la choza del guardían del puente, y atraviesa luego un oscuro túnel (las fotos de este túnel aparecen en un post anterior) cortado en la roca, del que emerge para trazar su línea de muchos empinados y aburridos zigzags (en Curahuasi esta sección es conocida como “Siete Vueltas”) cara arriba de la montaña. Es habitual que el viajero regule su viaje del día para llegar al puente temprano por la mañana, antes de que se presenten los fuertes vientos, pues durante la mayor parte del día barren con gran fuerza el cañón del Apurímac y entonces el puente oscila como una hamaca gigantesca y es casi imposible atravesarlo.

Tres viajeras ingresando al túnel que accedía al Maukachaca
El cruce de este gran puente colgante del Apurímac constituyó un incidente memorable en mis experiencias de viaje. Nunca lo olvidaré (…) La fama del puente sobre el Apurímac es coextensiva con la del Perú y todos aquellos con quienes nos encontramos y que lo habían cruzado estaban llenos de horrorosos recuerdos de su paso: cómo se mecía la frágil estructura a una altura vertiginosa entre gigantescos riscos que se alzaban sobre un negro abismo, colmado con el profundo y ronco bramido del río, y cómo  se nublaban sus ojos, desfallecía su corazón y se volvían inseguros sus pies mientras se esforzaba por cruzarlo, sin atreverse a echar una mirada ni a uno ni a otro lado.

(…) Meciéndose a gran altura en una graciosa curva, entre losprecipicios de ambos lados, con aspecto maravillosamente frágil y sutíl, estaba el famoso Puente del Apurímac.

Medimos cuidadosamente el largo y la altura del puente y comprobamos que tenía 45 metros de longitud, de amarra a amarra, y que en su parte más baja estaba a 35 metros sobre le río. Markham, que lo cruzó en 1855, estimó el largo en 27 metros y la altura en 9 metros.”

Viajeras en el lugar exacto donde el Maukachaca cruzaba el Apurímac (a la derecha de la toma se ve este río y a la izquierda un afluente menor)

El Río

Javier Heraud

El Río ha sido desde siempre (Heráclito) fuente de inspiración y tema poético.

Sinuoso, con sus altos y bajos, como la vida misma. Yo soy el río.

"la vida baja como un ancho río" A. Machado

El RÍO

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.

Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.

Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.

Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados,

Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.

Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.