II. La fama del puente sobre el Apurímac es coextensiva con la del Perú

El Maucachaca fue el puente de ichu más impresionante del Tawantinsuyo.

El puente colgante dejó de existir a fines del siglo XIX. Pero el Perú es tan increíble que el viajero todavía puede recorrer el camino inca (lo que queda de él) y llegar a la base del puente en la orilla izquierda del río.

<Explorando el Camino del Maucachaca, el Antiguo Puente de Ichu>

Impresionante túnel

Bajada hacia el túnel

Resumen: Partiendo de Curahuasi y a paso moderado, la vuelta completa toma medio día. Hay que salir muy temprano para evitar el calor intenso en el cañón. La recompensa es grande y el descanso en las aguas termales de Cconoc, bien merecido.

La ruta parte de  Curahuasi a 3 horas en carro de Cusco, camino a Abancay. Todavía hay gente en el pueblo que puede indicarle el inicio del camino al viajero, pero es mejor anotar cómo;

1. Dirigirse por el camino de trocha que va al cementerio, preguntar por el mirador de Ccorihuayrachina (se puede ir en carro hasta el final del camino carrosable, muy recomendable).

2. Se cruzan unos matorrales, hacia la zona de “Siete Vueltas” que son los zig zags que bajan por la pared del cañón.

3. El camino se bifurca, el de la derecha se va hacia una cabaña solitaria (resguardada por perros bravos), tomar el de la izquierda que se pega al acantilado y comienza a ascender ligeramente.

4. Ingresar por el Túnel Inca. Esta obra de ingeniería casi ignorada por la historia no ha recibido la atención que se merece, seguramente opacada por la magnificencia del puente mismo. Lo cierto es que sin el túnel no se habría podido hacer el puente. Las paredes del cañón son tan verticales que es imposible trazar un camino por ellas. El túnel es el único acceso posible al lugar idóneo para cruzar las sogas de ichu y construir el Maucachaca.

Ductos del túnel que sirvieron de iluminación y ventilación
Foto tomada de la base sur (lado izquiero del río) hacia la base norte (lado derecho del río)
Vista del mismo lugar. Punto exacto donde el Maukachaca cruzaba el Apurímac

Refugio de Santiago; canotaje y tragos exóticos

El mejor almuerzo bajo un sol increíble en una ruta de fin de semana muy cerca de Lima, muy lejos de su ruido.

http://www.refugiodesantiago.com/


Campo y ciudad

Más allá de Asia, dejando atrás  Imperial (en Cañete) estacionamos a la altura del kilómetro 31 de la ruta que sube a Yauyos.

En el pueblito de Paullo, sobre una loma con vista que domina el río y los alrededores, está Refugio de Santiago. Esta parte de Lunahuaná (justo antes de) todavía guarda en sus casonas semi derruidas algo de su antiguo esplendor.

El sismo de Ica también causó daños en Paullo

En el Refugio Silvana y Fernando, la pareja propietaria, atienden personalmente a sus huéspedes. Son muy conocedores de las virtudes de las plantas locales y amazónicas; muchas figuran en el  menú (platos y tragos). Lo bueno es que mientras uno espera que lo recojan para hacer canotaje, se puede matar  el hambre con un  sashimi andino y el ceviche local buenísimos.

Te recogen en el mismo Refugio

De regreso, después del deporte… un almuerzo de aquellos:

Banquete opíparo
Restaurante de cocina regional
y hospedaje

I. La fama del puente sobre el Apurímac es coextensiva con la del Perú

El grabado más famoso de Squier, el Maucachaca (Puente Antiguo) sobre el río Apurímac

 

Refiriéndose al reputado historiador J. Hyslop, el arquitecto peruano experto en urbanismo prehispánico, José Canziani ha dicho; “Los puentes asociados al camino inca tuvieron una notable importancia y un equivalente despliegue de recursos técnicos para poder superar los frecuentes cauces de torrentes, ríos y otros osbtáculos que se interponían en el terreno (…) Cuando el camino debía cruzar ríos encajados en profundos cañones, los incas (…) desarrollaron con los puentes colgantes una innovación tecnológica que se anticipó en algunos siglos al diseño más frecuente en la construcción de los puentes modernos”. [Ciudad y territorio en los andes, José Canziani Amico, pg.506 ]

A pesar de nuestro asombro frente al Queswachaca (que tratamos en un post anterior) es sabido que existió un puente mucho más espectacular cientos de kilómetros aguas abajo del mismo río Apurímac. Se trata del célebre Muacachaca (también llamado “Huacachaca”). El último explorador en cruzarlo (década de 1860) y relatar el suceso fue el estadounidense George. E. Squier. Publicó su estudio con este título;

PERU: Incidents of Travel and Exploration in the Land of the Incas

(Tomado de la versión castellana, Un viaje por tierras incaicas; crónica de una expedición arqueológica)

[extracto libre]

Hay profundos valles, gargantas y hondonadas entre estas montañas en las que fluyen ríos crecidos o rápidos torrentes, alimentados por las nieves que se derriten en la estación seca o hinchados por las lluvias en la estación lluviosa. A menudo son invadeables, pero a pesar de ello deben ser cruzados por el vajero de alguna manera (…) por regla general los ríos y torrentes de las montañas son atravesados hoy en día con la ayuda de los mismos artificios a que recurrieron los incas y en los puntos que ellos escogieron. Si el principio del arco hubiera sido complendido bien por los antiguos habitantes(1) (…) no hay duda de que en el interior del Perú hubieran abandado puentes que habrían rivalizado con los de Roma por su belleza y extensión. Dadas las cosas, puesto que ocupaban un país desprovisto de madera de construcción, recurrieron a los puents colgantes, sin duda exactamente iguales a los construidos actualmente por sus descendientes y sucesores: puentes hechos con cables de juncos trenzados, extendidos de orilla a orilla, y llamados puentes de mimbres (…) Sobre estas frágiles y oscilantes estructuras pasan hombre y animales, estos últimos frecuentemente con su carga completa sobre sus lomos.

(…) Algunas de las estructuras más grandes son mantenidas por el gobierno y todos los pasajeros  y mercaderías pagan un pontazgo fijo. Este es el caso del gran puente sobre el Apurímac, en la ruta principal desde la antigua Guamanga (hoy Ayacucho) hasta el Cuzco.

El Apurímac es un río grande y rápido, que fluye en un profundo valle, mas bien una gigantesca hondonada, encerrada por altas y escarpadas montañas. En toda su longitud sólo es atravesado en un punto, entre dos enormes riscos, que se elevan vertiginosamente a ambos lados y desde cuyas cimas el viajero mira hacia un oscuro torbellino. En el fondo brilla una blanca línea de agua, desde la cual se eleva dificultosamente un bramido sordo pero fuerte, que da al río su nombre Apu-rimac, que en quechua significa “el gran hablante”.(2)

El relato de Squier es estupendo. La idea de cruzar el río en aquél entonces es nada menos que pavorosa. Aunque corrige las mediciones de viajeros que lo precedieron, como las del inglés Markham, creemos que se equivoca en algunos temas (que se han destacado en números azules y analizaremos en el siguiente post).

Wade Davis; lo remoto, lo cercano y lo mismo

“¿Deseamos vivir en un mundo monocromático y monótono o queremos un mundo polícromo y diversificado?”

Wade Davis probablemente sea el antropólogo más célebre del mundo. Como Jeremy Narby, sostiene las tésis más reveladoras acerca del conocimiento en las culturas ancestrales.

Wade Davis y FOZ, Embajador en Washington, en conferencia organizada por PromPeru 2007 (tomado de http://www.tnews.com.pe/noticias/unot310507.htm)

Los viajes y la Antropología han sido estrechamente vinculados a partir de Tristes Trópicos, la famosa obra del recientemente fallecido Lévi-Strauss. Estoy seguro que esta relación influyó en la manera como la gente viajamos hoy. Me refiero a la dura crítica de Lévi-Strauss hacia la literatura de viajes y en general a la era del turismo masivo:

“Odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis expediciones. Este tipo de relato encuentra una aceptación que para mí sigue siendo inexplicable. ¿Qué leemos en esos libros? La lista de las cajas que se llevaban, las fechorías, las anécdotas, migajas insípidas de información . Sin duda hay excepciones, y todas la épocas han conocido vajeros responsables. Hace unos años casi no se viajaba.”

Creo que la Academia (la Antropología y específicamente Lévi-Strauss) gatilló el cambio en la actitud de la persona que viaja. Antes era un turista; se dejaba llevar a junto a muchas personas igual de ignorantes, a tientas casi a ciegas por los circuitos predeterminados, “fabricados” por la agencia de viajes que contrataba. En cambio, el viajero de hoy se traslada de manera distinta. Tal vez contrate a una agencia y vaya con guía, eso no importa.

Lo determinante es la actitud con la que viaja. En la actitud estriba la crucial diferencia entre el viajero y el turista. Este último es, en términos de Marketing, un “consumidor desinformado”. El viajero en cambio se empapa de la cultura, de la geografía y de la historia del lugar que se apresta a conocer, lee de todo, devora información en la web; llega con una actitud de respeto y apertura, llega para aprender y explorar.

El Perú es un país que ejerce desde muy antiguo un encantamiento sobre los viajeros. La literatura de viajes que se inicia con los primeros cronistas despertó un interés por el Perú que sólo se ha incrementado con el tiempo. Está claro que Wade Davis es uno de los excepcionales viajeros a los que Lévi-Strauss se refiere; él se ha trazado como objetivo de vida inspirar a viajeros responsables a que conozcan el mundo que los rodea y se sorprendan de tanta belleza. Ese éxtasis, dice Davis, moverá a la gente que viaja a contar la historia de la magia de los lugares que conoció. Las historias, a diferencia de la política, sí pueden cambiar el mundo y preservar su riqueza para el deleite de las generaciones futuras. Esta es, dice el antropólogo, la misión de la National Geographic Society; contar historias que inspiren la preservación de la diversidad cultural y natural del planeta.

Richard Evans-Schultes, maestro y mentor de Davis. Tomado de: http://www.semana.com/galeria-nacion/amazonia-perdida/418.aspx

PromPeru tuvo la acertada iniciativa de convocar a Davis para que presentara una serie de conferencias a los suscriptores de la revista en EEUU. Ese segmento (los suscriptores de NG) constituye muy probablemente la masa crítica de viajeros informados estadounidenses al Perú. En consecuencia, es notable la estrategia de marketing que en ese extremo implementó PromPeru; enfocar los esfuerzos por captar la atención de viajeros informados reditará grandemente a favor de la industria de viajes peruana.

Wade Davis es, antes que nada, un extraordinario viajero. Ha estado en el Perú innumerables veces y no me averguenza decir que probablemente conozca más del Perú que la gran mayoría de peruanos. Sus investigaciones en torno a las plantas alucinógenas se remontan a sus estudios en Harvard y su viaje de exploración a Haití en busca de la planta mágica de los zombies. Luego recorrío la Amazonía tras los pasos de su mentor Evan-Shultes (una suerte de Humboldt moderno) para profundizar los hallazgos en torno a las plantas alucinógenas como el ayahuasca.

Hace unos años llegamos -después de tres días de dificil caminta- a Yanama, un pueblito oculto en la Cordillera de Vilcabamba. Estábamos con todo el equipo de treking, parecíamos preparados para cualquier misión bélica, nos sentíamos fuertes. En las afueras del pueblo nos recibió Ivancito, un niño de 10 años más chico que mi mochila al que tuvimos que rogarle caminase más lento, que estábamos cansados, que por favor parara, que el aire nos abandonaba.

Iván y Wade"Lo remoto no lo es en absoluto"
Iván y Wade; lo remoto no lo es en absoluto

Entonces recordé a Wade:

“Finalmente, creo que es muy obvio… al menos para todos los que viajamos a los confines del planeta, darse cuenta de que estos lugares remotos no lo son en absoluto. Son el hogar de alguien.”

Este lugar, remotísimo para nosotros, es el hogar de este niño.

*El discurso de Dr. Davis en:

http://www.ted.com/index.php/talks/wade_davis_on_endangered_cultures.html

Apacheta; la piedra y devoción del viajero

Aunque a primera vista no lo parezca, la Linguística también es una herramienta útil para develar los misterios que se presentan en el recorrido del viajero

En un post anterior nos referimos al cuento “La ofrenda de piedra” de Ciro Alegría. Aquí ahondaremos en el tema de la piedra como símbolo en la cosmovisión andina en relación al análisis etimológico del término <apacheta> y el rol trascendental de las apachetas en los viajes por el antiguo Perú.

Apacheta en el abra frente al Apu Salktany

La obra del maestro Rodolfo Cerrón-Palomino le abre los ojos de la historia al viajero a través de la Linguística. Al descubrir el significado histórico de las apachetas “La ofrenda de piedra” de  Alegría cobra un significado mucho más rico; diríamos, total. El relato de Alegría narra parte de la cosmovisión andina explicitada en las apachetas, las que el viajero puede encontrar sólo -como bien dice el Dr. Cerrón-Palomino –  “en los lugares más tortuosos e inaccesibles de los Andes”. Apacheta es una de las Voces del Ande recogidas y meticulosamente analizadas por el renombrado investigador, un texto que el viajero informado sabrá apreciar con gratitud.

Apacheta camino al Colca

A continuación un extracto libre de la explicación del término apacheta que presenta nuestro autor en  uno de sus ensayos sobre onomástica andina:

“(… )los Serranos adoran los montones de piedras que hacen ellos en las cumbres de montes, que en el Cusco se llaman Apachitas”

Polo de Ondegardo (1559)

Con el nombre de apacheta se designa a los montículos de piedra acumulados en lugares especiales, principalmente en las cumbres de los cerros, por los caminantes indígenas que transportaban cargas pesadas, a manera de ofrenda simbólica a sus divinidades para que estas los aliviaran de las fatigas  del cansancio de sus trajines (…) Se trataba de un significado bastante concreto, pero estrechamente ligado a un acto de profunda devoción trascendental (…) Las cumbres y los pasajes cordilleranos eran también objeto de veneración dentro de la religiosidad andina, los que a su vez eran motivo de manifestaciones votivas en los trajines de los viajeros abrumados por las cargas que llevaban.

Combatidas tenazmente por los extirpadores (…) descritas como una curiosa preservación de antiguos ritos por los viajeros del siglo XIX, ridiculizadas por la escuela y profanadas por las vías terrestres de comunicación modernas, las apachetas apenas si subsisten, como práctica de indios y mestizos, en los lugares más tortuosos e inaccesibles de los Andes. Aquí y allá quedan, sin embargo, derruidas cuando no enterradas, la huellas materiales de su presencia. Como van las cosas, en tiempos no muy lejanos desaparecerán sus vestigios, y entonces el mismo vocablo devendrá obsoleto, y pasará a formar parte del léxico institucional inerte del universo andino, como tantos otros que enmudecieron al dejar de ser funcionales.

Apacheta con mensaje escrito en Choquequirao

No creo que exista mejor explicación que la del Dr. Cerrón-Palomino. Sin embargo, no dejamos de discrepar con él cuando anuncia la pronta desaparición de los vestigios materiales y el uso linguístico de la apacheta. El viajero -indio, mestizo, extranjero- que recorre el Perú a pie mantendrá vigente ese rito andino ancestral . En ese sentido, el viaje se presenta como la manera idónea para perpetuar parte del vastísimo acervo cultural del hombre del Ande. Las apachetas representan de un lado, el vigor de los caminantes, su devoción por el “camino abierto”, su agradecimiento por el buen viaje y de otro, el legado del antiguo peruano que recorrío el mismo territorio de la misma manera. La apacheta constituye entonces parte de la “etnósfera”(i) peruana que, como algunos elementos de la biósfera, también puede sucumbir a la extinción.

La inmensa carga simbólica de la apacheta la convierte en una suerte de “poema escrito de piedra” originario de una cultura que no conoció la escritura tal y como la define Occidente. Es una especie de poema lítico. Sumados al deber de preservar el entorno natural que rodea la ruta que recorre, el viajero tiene la dura -y satisfactoria- carga de transportar una piedra a ofrendar, levantar una apacheta y así prolongar indefinidamente un ritual tan antiguo como la piedra misma.

Camino al abra Salkantay a levantar una apacheta

(i) Término acuñado por Wade Davis, antropólogo-etnobotánico canadiense

Aquicito no más; José Santos Chocano

¡Cómo les jode a algunos cuando el campesino les reponde

– “aquí no más”

al preguntarle desesperados

– “¿cuánto falta para llegar?”!

Chocano: la tumba es pequeña porque ordenó lo enterrasen parado

Si hay algo que me gustaría poder hacer como otros, tener una capacidad especial, una predisposición natural, eso es caminar como lo hacen los campesinos de la sierra. Subir, bajar mismo “los cholos de Calemar” que van a Shicún por palo de balsa en La serpiente de oro; o como los niños de Quiuñalla que bajan casi 2 mil metros para pescar en el Apurímac y luego retornar.

A los ojos de la gente del llano (para los costeños, como los limeños) esta capacidad innata para vencer los caminos a pie resulta mas bien, irónicamente, una especie de  “handicap mental”. El prejuicio es tal que se concluye por la total incapacidad del indio para medir las distancias adecuadamente. Como todo prejuicio, este también se funda en la ignorancia, pero además en la ceguera que proyecta como insensatez ajena la incapacidad propia.

Al costeño le parece absurdo el  “aquicito no más” que obtiene como respuesta tras inquirir por el cuánto falta a un campesino. Los campesinos, calzando humildísimas chanclas hechas de llanta usada van Y vienen de arriba Y de abajo, sin más. En cambio, ir O venir para el desadaptado costeño son dos cuestiones absolutamente distintas. Bajar O Subir son mundos opuestos, son el día y la noche.

En el siguiente texto Chocano se admira de esta capacidad y la toma como inspiración para sus propias metas. El autor halla una emoción de Eternidad donde otros achacan una supuesta incapacidad:

Autóctono y Salvaje

III

Ahí, no más

– Indio que a pie vienes de lejos

(y tan lejos que quizás

te envejeciste en el camino,

y aún no concluyes de llegar…)

Detén un punto el fácil trote

bajo la carga de tu afán,

que te hace ver siempre la tierra

(en que reinabas siglos ha):

y dime, en gracia a la fatiga,

¿en dónde queda la ciudad?-

Señala el Indio un ágil cumbre,

que a mi esperanza cerca está;

y me responde, sonriendo:

– Ahí, no más…

Gano la cumbre; y, por fin ¿qué hallo?

Aridez, frío y soledad…

Ante esta cumbre, hay otra cumbre;

y después de ésa, ¿otra no habrá?

– Indio que vives en las rocas

¿quieres decirle a mi fatiga

en dónde queda la ciudad?-

El Indio asómase a la puerta

de su palacio señorial,

hecho de pajas que el Sol dora

y que desfleca el huracán:

y me responde, sonriendo:

– Antes un río hay que pasar…

– ¿ Y queda lejos ese río? …

– Ahí, no más…

Trepo una cumbre y otra cumbre

Cantor de América

y otra… Amplio valle duerme en paz;

y sobre el verde fondo, un río

dibuja su S de cristal.

– Este es el río; pero ¿en dónde,

en dónde queda la ciudad?-

Indio que sube de aquel valle,

oye mi queja y, al pasar,

deja caer estas palabras:

– Ahí, no más…

¡Oh, Raza fuerte en la tristeza,

perseverante en el afán,

que no conoces la fatiga

ni la extorsión del “más allá”.

– Ahí, no más… – encuentras siempre

cuanto deseas encontrar;

y, así, se siente, en lo profundo

de ese desprecio con que das

sabia ironía a las distancias,

una emoción de Eternidad*…

Yo aprendo en ti – lo que me es fácil,

pues tengo el título ancestral-

a hacer de toda lejanía

un horizonte familiar;

y en adelante, cuando busque

un remotísimo ideal,

cuando persiga un loco ensueño,

cuando prepare un vuelo audaz,

si a donde voy se me pregunta,

ya sé que debo contestar,

sin medir tiempos ni distancias:

– Ahí, no más…

Atención a la escena a partir del segundo 57

*  Chocano se refiere a la Eternidad como una “emoción”, Alegría habla de ella como un “impresión” (La ofrenda de piedra o La piedra y la cruz). El Perú inspiró a dos grandes de manera  similar.

El Puente Dorado

Nos referimos a una magnífica obra de ingeniería inca. Mucho se ha escrito en torno a los “puentes de paja” que cruzaban gigantescos cañones pero la información está desperdigada y poco accesible al viajero que quiera ver uno en vivo y en directo. A continuación detallaremos resumidamente cómo llegar al lugar donde aún es posible cruzar el Río Apurímac sobre el Qeswachaca.

El puente de ichu

“Qeswachaca” es un nombre muy significativo; (i) queswa es una especie de pasto altoandino, o ichu, del tipo preferido por los constructores del puente debido a su alta resistencia; y (ii) chaca quiere decir, precisamente, puente en quechua. De lo que resulta  el “Puente Queswa” o el “Puente de Qeswa”, toda vez que “El Puente de Qeswachaca” peca de redundancia. Semejante pecado encontramos también, por ejemplo, en la “Laguna de Conococha” toda vez que cocha es laguna en quechua.

Excursión de día completo al Qeswachaca

Resumen: No es necesario ir en 4×4, aunque sí conveniente (ya veremos por qué). Será suficiente ir en una “station” tipo Toyota Caldina.

La Ruta; <Cusco> Combapata – Yanaoca – Qeswachaca <Cusco >

Se toma la carretera asfaltada al sur, o sea la ruta a Puno, hasta llegar al pueblito de Combapata (97kms, 2 horas aprox.). En Combapata la carretera afirmada (de tierra) nos conduce por Chacamayo y Pampamarca a Yanaoca (30 minutos) y -luego de subir a la puna y volver a bajar- se llega al Qeswachaca (30 kms, 1 hora).

Comuneros vecinos del Qeswachaca y problemas con el bus

Conveniente picap

Ingeniería renovable; el piso está hecho de 4 grandes sogas (debajo de las cuales se amarran los troncos pequeños de madera) las barandas son 2 sogas adicionales y ambos elementos (piso y barandas) están unidos por cientos de sogas menores. Una vez cumplido su tiempo de servicio, el puente se corta y las aguas del Apurímac se lo llevan.

La ubicación del puente es estratégica. Se escogen los lugares más estrechos para acortar la distancia.

El Qeswachaca nos parece increíble no sólo como obra de ingeniería precursora en su tiempo sino sobre todo en tanto constituye un patrimonio vivo de nuestra cultura ancestral. El Qeswachaca es renovado cada junio en una ceremonia que congrega a la gente de las  comunidades ubicadas en ambos lados del río; Qhewe por uno y Winchiri y Chaupipampa del otro. La renovación del puente es muy trabajosa y se lleva a cabo no por necesidad (ya existe un puente carrozable) sino por gusto, por orgullo, por historia, por placer, por tradición. El puente es, en todo sentido del término; Símbolo. Su renovación es una muestra del trabajo en conjunto en beneficio del común. Trabajo en conjunto, beneficio común; un concepto imposible en una ciudad como Lima.

Parados frente al Queswachaca nos preguntamos ¿Cuántas manifestaciones culturales habremos perdido en el Perú? ¿Cuántas se siguen perdiendo?

En diciembre las aguas todavía están tranquilas. Dicen que en febrero son imposibles.

Qeswachaca desde Ferrochaca

De regreso a la carretera seguimos rumbo sur hasta el templo de Raqchi (30 minutos) pero ese será otro post…

Mapa de la ruta elaborado por la copilota

Si viajan con niños, la mejor forma de explicarles el significado del puente (y entenderlo) es el libro de Christine y Kurt Rosenthal con prólogo de F. Kauffman Doig. Ojalá ya se haya traducido al quechua para que los niños de las comunidades vecinas lo puedan leer en su lengua.

Muy didáctico

Que sepamos, sólo dos guías tratan del puente;

No sorprende el hecho que Wust haya sido el primero en difundir una hoja de ruta al Qeswachaca

Walter Wust es uno de los viajeros peruanos más experimentados y sin duda el que más obras tiene publicadas. Sus guías son prueba de lo que decimos. La próxima vez que vayamos a ver el Qeswachaca usaremos la Guía Inca para conectar, saliendo de Cusco, el circuito del puente con el de Las Cuatro Lagunas y llegar a Arequipa por Tres Cañones.

Nuevos conquistadores conquistados por el Camino Inca

Los españoles Cardelús y Guijarro (a pesar de haber recorrido gran parte del Camino Real) no pasaron por el Qeswachaca. Prueba de ello es que su guía no incluye foto del puente. Sin embargo está claro que son grandes conocedores del pasado prehispánico. Nos interesaon sus referencias al Qeswachaca, sobre todo cuando señalan que “Junto con el puente Pukayacu, en los Conchucos, son los únicos puentes colgantes que emplean la tecnología utilizada por los incas“.

Hemos estado en Conchucos varias veces, el Puente Pukayacu es un motivo más para regresar.

LA OFRENDA DE PIEDRA o LA PIEDRA Y LA CRUZ

Ciro Alegría (1909-1967)

“(…) sólo un pequeño número sabe que al lado de su obra de novelista (…) Alegría fue creando cuentos y relatos que revelan otra faceta de su quehacer narrativo, la que (…) alcanza un nivel de dignidad literaria que basta para justificar su lectura, aparte de las perspectivas que sugieren en la comprensión total del arte de Ciro Alegría. (…) en ‘La ofrenda de piedra’ el acento autobiográfico enhebra el relato con un particular impulso animador, que rescata – para la memoria urbana-  el perfil sobresaliente de pequeñas hazañas (…)” Alberto Escobar

ciroalegria
1953

Nota: 2009,  se cumplen cien años del nacimiento de este Maestro de la literatura peruanamente universal. Me referiré no a sus novelas sino a un pequeño relato menos conocido vinculado íntimamente al tema que aquí nos convoca. Aún así, no puedo dejar de decir que en la obra alegriana se plasman la grandeza y la miseria, la nobleza de espíritu, la humildad y la injusticia, el racismo, la añoranza y la esperanza, la Naturaleza y el hombre… todo ello desde los pueblos y caseríos remotos*  de la sierra norteña.

Me referiré sólo a este cuento; La ofrenda de piedra. Para el neófito lector (como para el protagonista) mal podría una piedra constituir una ofrenda. En la cultura occidental la noción de piedra es la de estar en  todos lados, se le considera tan común que su cotidianeidad le resta todo valor.

Sin embargo, para quienes gustan de recorrer el Perú a pie, una ofrenda de piedra no es algo inusual. Es más, las buscamos ansiosos en los cruces altos de las montañas  después de estar “yendo” o “viniendo” con cierto temor de no saber exactamente hacia dónde. Y cuando las encontramos sentimos el alivio que da el  haber tomado el camino correcto, porque los caminos están marcados con estas huellas del pasado milenario. Son las piedras apircadas, es decir, colocadas como apachetas las unas sobre las otras en un rito ancestral que literalmente, modifica la geografía**.

La ofrenda de piedra

En la sierra de La Libertad, un niño blanco hijo de hacendado y  su empleado indio recorren las alturas  a caballo en pos de la gran Cruz del Alto:

caballojalca
Los caballos del indio y del niño en la mera jalca

|extracto libre del cuento|

El caminejo comenzó a jadear trazando curvas violentas (…)

Un silencio más profundo que el de los hombres enmudecía las laderas (…) Camino arriba, ya no hubo siquiera arbustos ni cactos. Las rocas se dieron a crecer. Ampliábanse en lajas cárdenas y plomizas, tendidas como planos inclinados hacia la altura. Alzábanse verticalmente en las peñas prietas que remedaban inmensos escalones. Contorsionábanse en picachos aristados que herían el cielo tenso. Esparcíanse en pedrones que semejaban bohíos vistos a distancia. Superponíanse en muros de un inmenso cerco del infinito.

– ¿No le dará soroche niño?

Quería, en realidad, preguntar: “¿Se siente usted capaz de resistir la altura?” El interpelado respondió:

– Con mi papá he subido hasta el Manan. Sigue… (…)

Que el niño era blanco decíase por el color de su piel, aunque bien sabía él mismo que por las venas de su madre corrían algunas gotas de sangre india. (…)

Así que el niño blanco no lo era del todo, y más por haber vivido siempre entre dos mundos. El mundo blanco de su padre (…) y el mundo de su madre y el pueblo peruano de los Andes del Norte, aglutinación confusa hasta no poderse hacer cuenta de raza según la sangre y el alma. (…)

El niño blanco no habría sabido calcular el tiempo que duró la travesía a filo de abismo (…) Aquello terminó cuando el camino, curvándose y abriendo una suerte de puerta, asomóse a una llanura. El sintió que sus propios nervios se distendían (…) El viejo barbotó:

– ¡La mera Jalca!

Era el altiplano andino. La paja brava crecía corta en la fría desolación del yermo. En el fondo de la planicie, se alzaba una nueva crestería. El viento soplaba tenazmente, pasando libre sobre el páramo, desgrañando los pajonales, ululando, rezongando (…)

Las piedras de tamaño mediano eran escasas y menos se veían de las pequeñas, buenas para ser acarreadas. El indio desmontó súbitamente y se encaminó a cierto lado, derecho hacia una piedra que había logrado localizar y levantó en la mano.

– ¿Le llevo una pa usté, niño?

-No -fue la respuesta del muchacho.

Con todo, el viejo buscó otra piedra y volvió con ambas (…)

– Hay que cargar las piedras desde quí. Más adelante se han acabao… (…)

– ¿Y dónde está la cruz?

El viejo señaló con el índice cierto punto de la crestería, diciendo:

– Esa es…

Qori3Cruces

Se referían a la gran Cruz del Alto, famosa en toda la región por milagrosa y reverenciada. Estaba situada en el lugar donde la ruta vencía a la más alta cordillera. Era costumbre que todo viajero que pasase por allí, dejara una piedra junto a la peña. A través de los años, las piedras transportables que hubo en las cercanías se agotaron y tenían que llevarlas desde muy lejos. Año tras año aumentaba la distancia, pero no decrecía la recogida.

El muchacho llevaba también algo en relación con la cruz, pero dándole vueltas en la cabeza. Al despedirse, su padre le había dicho:

– No pongas piedra en la cruz. Esas son cosas de indios y cholos, de gente ignorante. (…)

Cavilaba sobre ello cuando sonó la voz del indio, quien se atrevía a advertirle:

– La piedra es devoción, patroncito. Todo el que pasa tiene que poner su piedra (…) A los que no lo hacen , les va mal… Yo no quiero que le pase nada malo, patroncito. (…)

– Calla ya -díjole.

El viejo enmudeció.

Violento o manso, el viento no cesaba. Su persistencia era baño helado. El muchacho tenía las manos ateridas y sentía que las piernas se le estaban adormeciendo. Esto podría deberse también al cansancio y  a la altura. Acaso su sangre estaba circulando mal. Un ligero zumbido había comenzado a sonar en el fondo de sus oídos. Tomando una rápida resolución, demontó diciendo al guía:

– Jala tú mi caballo… ¡Sigue!

Sentía que las puntas de sus pies estaban duras y frías y que las piernas  le obedecían mal. Apenas podía respirar, como que le faltaba el aire enrarecido y su corazón retumbaba. Claramente, oía el violento y el trabajoso palpitar de su corazón. (…) Su padre le había hablado también de la forma en que hay que comportarse en las grandes alturas y eso estaba haciendo. Sólo que hasta caminar resultaba difícil. (…) Sus labios estaban partidos y sangrantes. Un rastro rojizo quedó en sus dedos. Recordó cómo su madre solía curarlo y una honda congoja le anudó el cuello. La nostalgia de la madre le hizo asomar a los ojos lágrimas tenaces que se los empañaron. Se las secó rápidamente, para que no lo viera llorar ese indio que iba cargando neciamente dos piedras. (…) El muchacho persistió en marchar (…) Al poco rato, se le habían entibiado las manos. (…)

-¿Va a montar, niño?

– Sí (…)

Trote adelante advirtió que la cordillera situada al fondo de la llanura, quedaba ya  muy cerca. Alzando los ojos, vio la cruz (…) Sobre un promontorio, la cruz extendía sus brazos al espacio, bajo un inmenso cielo. (…)

El muchacho pensaba que, de no haberse puesto a caminar, ahora se le habría paralizado el cuerpo. (…)

Habiendo pasado bien por la prueba, hasta estaba alegre. Quien echaba miradas recelosas era el indio. El niño blanco las entendió, y mas viendo el sendero y sus inmediaciones, prácticamente limpios de toda piedra que se pudiera transportar. (…)

– Patroncito: cuando los taitas pasan con chiquitos, les dan tamién su piedrecita a cargar… Así, en años y años, hasta las piedras chicas se han acabao (…)

– ¿Y cuándo comenzó todo esto?

– No hay memoria. Mi taita ya contaba de la devoción y el taita de mi taita, lo mesmo (…)

– Puedo entender que ante las imágenes y cruces pongan lámparas y velas… ¡pero piedras!…

El indio se quedó meditando y, esforzándose por dar expresión adecauda a sus pensamientos, dijo lentamente:

– Mire, patroncito… La piedra no es cosa de despreciarla… ¿Qué fuera del mundo sin la piedra? Se hundiría. La piedra sostiene la tierra. (…)

kintu
“Hay algunos cerros de piedra a los que llevan ofrendas de coca y chicha y les                                                                    preguntan cosas. Son como dioses.”                                                        K’intu es el ramillete de tres hojas de coca de forma perfecta ofrendada al                                              Apu, dios mayor o espíritu de las montañas                                     

– ¿Qué importancia tiene la piedra?

– Es como poner vela, o un ramo de flores, y quién sabe más, la piedra…

Callaron ambos. Ni el viejo ni el muchacho sabían de las innumerables piedras míticas que había en su historia ancestral (…) Más allá de las razones que se dieron, existían otras que no pudieron aflorar a su mente y sus palabras. El viejo, confusamente compadecía al niño por creerlo un ser mutilado, remiso a la alianza profunda con la tierra y la piedra, con las fuentes oscuras de la vida. Le parecía fuera de la existencia, como un árbol sin raíces, o absurdo como un árbol que viviera con las raíces en el aire. Ser blanco, después de todo, resultaba hasta cierto punto triste.

El muchacho, por su parte, hubiera querido fulminar la creencia del viejo, pero encontró que la palabra ignorancia no tenía mucho significado, que en último término carecía de alguno, frente a la fe.

El camino se lanzó por una encañada (…) en una curva tendida entre los picachos, encontraron a la reverenciada Cruz del Alto. Como a cincuenta pasos del camino, hacia un lado, se levantaban los recios maderos ennegrecidos por el tiempo. La peaña cuadrangular sobre la cual se los alza, estaba enteramente cubierta de las piedras amontonadas por los devotos. El pedrerío seguía extendiéndose por todos lados (…)

El indio desmontó. El niño blanco hizo lo mismo, para ver mejor lo que pasaba. (…)

Sacándose el sombrero y haciendo una reverencia, en actitud ritual, colocó su propia piedra sobre las otras. (…) Había en toda su actitud algo profundamente conmovedor y al mismo tiempo digno.

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Piedra sobre piedra

En el horizonte, las nubes formaban un marco albo sobre el cual las cumbres se recortaban (…) Coloreados de árboles y bohíos en sus bases, los cerros íbanse limpiando de tierra y por último, de no llegar a coronarlos de nieve espejeante, la roca estallaba en una dramática afloración. La piedra cantaba su épico fragor de abismos, de picachos, de farallones, de cresterías, de toda suerte de cimas agudas y cumbres encrespadas, de roquedales enhiestos y peñones bravíos, en sucesión inconmensurable cuya grandeza era aumentada por una impresión de eternidad. Simbólicamente acaso, ese mundo de piedras estaba allí, al pie de la cruz, en las ofrendas de miles de cantos, de piedra votivas, llevadas a lo largo del tiempo, en años que nadie podía contar, por los hombres del mundo de piedra.

El niño blanco se acercó silenciosamente (…) tomó la piedra y avanzó (…)

* ” Lo remoto” en Wade Davis

** El desierto de Borges

***  ” Apacheta” en Onomástica Andina, Rodolfo Cerrón-Palomino

Desiertos Vivos

Samaca: donde el viento descansa

Hace tiempo nos perdimos en el desierto de Ica. Mucho más al sur de Paracas (“donde arrecia el viento”) llegamos a Samaca, “donde el viento descansa”. Encontramos esta construcción que tal vez fue la obra de un poderoso señor, o tal vez sólo lo imaginé. Ozy, pensé:

PB Shelley
P.B. Shelley

Caminando por el arenal se perciben las huellas del pasado en rededor a las nuestras. El desierto se empeña en mostrarse esquivo, en él laten las unseen existences de Whitman.

desierto

Aquí las estribaciones de los Andes -como los ríos, van a dar a la mar. Nunca me había puesto a pensar en que la Cordillera continúa desplomándose sumergida en el Pacífico. Prueba de ello son sus picos más altos, a los que llamamos islas. Ellas sobre-viven al mar. Recordé haber leído acerca de esta idea en Desiertos Vivos, una obra de la Colección APU de AFP Integra (escriben Barrón, Benavides, Brignardello, Wiese entre otros).

La corriente de Humboldt, un río invisible y helado en el océano, es otra de estas existencias ocultas que determinan el Perú. Hace siglos Heráclito había dicho  A la naturaleza le encanta ocultarse.

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Biblioteca en el desierto y el libro Desiertos Vivos

La idea del desierto está inexorablemente ligada a la de sed, de sol y por oposición a la de sombra. Se sabe que los Nazca de Cahuachi no habrían podido vivir en el desierto sin la bendición del Huarango. Muy lejos de Nazca otros hombres del mismo desierto -al que llaman Sahara- encuentran en la barriga del Baobab el antídoto para su sed.

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Orchestra Baobab

Al Baobad lo conocen como el árbol al revés porque sus ramas semejan raíces. En Samaca percuten los ritmos de Ndéleng Ndéleng (http://www.youtube.com/watch?v=q_S9OQtI8gA)

El número diez de la revista Umbral rescata la nobleza del Huarango milenario. La cita del editorial es exacta, científica: Sería posible imaginar una naturaleza sin el hombre. Los árboles respirarían aliviados. Pero no es posible imaginar la vida del hombre sin árboles. (Iván Rabinovich).

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HUARANGO o "el árbol de la vida" (tomado de http://www.geographical.co.uk/Magazine/Kew_in_Peru_-_June_08.html)

Descansando a su sombra,  Jose María reparó: los huarangos dejan pasar el sol, pero quitándole el fuego. Encuentro a Arguedas por todo el Perú. Me sorprendió la capacidad de la literatura para expresar la ciencia.

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Guardianes frente a Cahuachi

Hoy el Huarango está en peligro. En el norte -donde ya casi no existen- le llaman algarrobo y es una ironía nefasta, una injusticia absurda saber que el Huarango libró al hombre del fuego para que luego lo tale y tire al fogón. Es una c_ncha seguir usando carbón vegetal de Huarango para el pollo a la brasa. Es increíble pero la demanda parrillera terminará con el Huarango que cobijó a los antiguos peruanos.

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Descartemos la creencia que el carbón de huarango lo hace MAS rico

Los ríos profundos

José María Arguedas

Por una feliz casualidad del destino a Jose María y a Ciro los hermana algo más que la literatura. Ambos pasaron sus primeros años al borde de los inmensos cañones  que moldearon sus obras; el del Apurímac y el del Marañón.  Muchos extranjeros leen Deep Rivers antes o durante su viaje al Perú. De esta manera obtienen una visión más íntima del cañón del Urubamba y se alistan para la experiencia de Machu Picchu. El día que Kuélap sea más famosa, La serpiente de oro estará en boca de todos. No dejen de leerlas.

Ernesto, un niño de 14 recuenta los viajes que hace con su papá por la sierra de Cuzco y Apurímac;

Rios Profundos
Rios Profundos

En la tarde llegamos a la cima de las cordilleras que cercan al Apurímac. “Dios que habla” significa el nombre de este río.

El forastero lo descubre casi de repente, teniendo ante sus ojos una cadena sin fin de montañas negras  y nevados, que se alternan. El sonido del Apurímac alcanza las cumbres, difusamente, desde el abismo, como un rumor del espacio.

El río corre entre bosques negruzcos y mantos de cañaverales que sólo crecen en las tierras quemantes. Los cañaverales reptan las escarpadas laderas o aparecen suspendidos en los precipicios. El aire transparente de la altura va tornándose denso hacia el fondo del valle.

El viajero entra a la quebrada bruscamente. La voz del río y la hondura del abismo polvoriento, el juego de la nieve lejana y las rocas que brillan como espejos, despiertan en su memoria los primitivos recuerdos, lo más antiguos sueños.

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El viajero lo sabe

A medida que baja al fondo del valle, el recién llegado se siente tranparente, como un cristal en que el mundo vibrara. Insectos zumbadores aparecen en la región cálida; nubes de mosquitos venenosos se clavan en el rostro. El viajero oriundo de las tierras frías se acerca al río, aturdido, febril, con las venas hinchadas. La voz del río aumenta; no ensordece, exalta. A  los niños los cautiva, les infunde presentimientos de mundos desconocidos. Los penachos de los bosques de carrizo se agitan junto al río. La corriente marcha como a paso de caballos, de grandes caballos cerriles.(…)