El desierto de Jorge Luis Borges

Al prologar “Atlas” dice Borges:

Descubrir lo desconocido no es una especialidad de Simbad, de Erico el Rojo o de Copérnico. No hay un solo hombre que no sea un descubridor. Empieza descubirendo lo amargo, lo salado, lo cóncavo, lo liso, lo áspero, los siete colores del arco y las veintitantas letras del alfabeto; pasa por los rostros, los mapas, los animales y los astros; concluye por la duda o por la fe y por la certidumbre casi total de su propia ignorancia.

En las líneas que siguen el autor relata cómo modificó el Sahara con una sola mano:

El desierto

A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más significativas de mi estadía en Egipto.

El viajero  en el Perú modifica los Andes cuando, rendido entre los pases de altura frente a la majestuosidad de la Naturaleza Habitada construye su apacheta. Son los Apus y Awquis -espíritus de las montañas- a quienes se ofrendan estas piedras acarreadas cada vez de más lejos. En ese momento ritual de secreta devoción y encantamiento, el viajero mira atrás incrédulo de la distancia que ha recorrido y abrumado por la que recorrerá.

Sin duda, la memoria de aquel momento será una de las más significativas de su paso por los Andes.

Ver

“La ofrenda de piedra” de Ciro Alegría  y

“Apacheta” de Rodolfo Cerrón-Palomino

 

Published by El Peru es un camino

Ratón de biblioteca que se cree explorador.

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