La senda ritual

O la ruta por la gran escalera inca

Pariacaca se refleja en Quihuacocha.

El Perú es un camino, sentenciaba Antonello Gerbi el siglo pasado. Frase absolutamente precisa, sobre todo en las punas altísimas de lo que fuera el antiguo Señorío de Lima, en el límite con Junín.


Día1: Lima-Quinti en bici 

El primer día habíamos salido de Miraflores y pedaleado todo el curso del río Lurín hasta su fuente, por el valle del mismo nombre. Allí donde el valle termina está Los Chorrillos (2700msnm), sobre una planicie natural que domina una suerte de olla rodeada por Lanchis, Matariche y Langas.

Las curvas trepan desde Cruz de Laya hasta Los Chorris. El valle queda atrás y la subida no acaba nunca.
Pablo y Chipi con sus bicicletas.

Más arriba el pueblito de Escomarca (4000msnm) parece no decidirse por el este o el oeste y se ubica justo en el medio de la ruta. A pocos kilómetros se devisa espeluznante el cañón del río Mala; una estrecha línea de agua que sabemos conduce eventualmente a Calango y Totoritas (tomamos nota mental de esta ruta para el futuro). Pero ahora mantenemos la vista sobre la trocha y no en el cañón, sabiendo que desde aquí todo es bajada hasta Huarochirí, Sangallaya y San Lorenzo de Quinti. Han sido 160k con más de 4 mil metros de ascenso en casi 12 horas. [La próxima vez saldremos de Cieneguilla, no más].

Un respiro en Huaroochirí

En Kanguily -el fondo de una quebrada oculta tras un antiguo  puente peatonal de madera sobre el río que circunda Quinti y a amables 2600msnm- nos espera la familia Coropuna. Como estupendos anfitriones se encargan de las truchas, la fogata, las carpas y nos vamos a las pozas a soltar piernas en el agua fría. Esa noche hubo chistes y guitarra alrededor del fuego. Los nervios no anticiparon lo que viviríamos al día siguiente. Ahora me río pero recuerdo muy bien la crisis.

Kanguily o calidad de vida.

Día2: Quinti-Tambo Real a pie

Eran las 9pm del segundo día y ya no dábamos más. Habíamos acordado dejar las bicis y caminar hasta Tambo Real en las cercanías de Tanta, pero al parecer nadie ponderó los efectos que tendrían 34k y más de 2500 metros de ascenso en los cuerpos de gentes que vivimos pegados al mar. Fue tal la desesperación que pasadas las 13 horas de esfuerzo nuestro querido anfitrión señala las luces de Tanta a lo lejos y ordena “Llévenlo a la posta de salud para que lo salven, yo voy al campamento y traigo la camioneta”. En plena puna a 5 grados, sin almuerzo ni cena, en short y polo (había calculado que a paso moderado llegar de día era casi una verdad absoluta) no hubo ganas de discutir y continuamos monte abajo sobre una cama de ichu helado y punzante.

En la fría puna y el sol ocultándose. Era evidente que la crisis se avecinaba.

Cuando vi las luces de un carro grande sobre la carretera apuré el paso saltando encima de las matas desesperado (mi amigo V ya resignado espetaba “No siento la cara ni mis manos, me estoy muriendo”) y lo alcancé alzando los brazos como loco. Reconocí al chofer, que no se dignó en parar.

C y C en primer plano. Al fondo V con lo último de vida.

Parecía un mal sueño. Tres cuadras más allá frena y retrocede. Era nuestra camioneta y chofer y copiloto, según nos explicaron después, andaban huyendo de “dos choros en moto que rondaban el campamento”. Mientras mi buen amigo C se encargaba de preparar, servir y repartir sopa de carpa en carpa (todas bajo techo,  dentro del refugio del SERNAMP) entendimos que no habían sido choros sino solamente un par de curiosos. Pero gracias a la moto, la camioneta había fugado de casualidad precisamente a darnos alcance! Quién sabe cuántas horas más de caminata en la puna habrían sido necesarias si no fuera por el susto. Todos dormimos bien.

Refugio en Tambo Real.

Día3: La isla en Mullucocha

El tercer día hubo un acuerdo tácito en la comitiva; no más caminata, ni un metro. Así que manejaron a los miradores de la cordillera. Existen trochas que penetran la sierra hasta casi besar los nevados, las fotos son increíbles. Por suerte esa mañana me crucé con otro motero que se ofreció a llevarme a la Gran Escalera que conecta el abra Shacsha con Cuchimachay y continúa bordeando la laguna más hermosa del Perú. Don Jacinto, “El Jashi” para los amigos, conoce esta cordillera mejor que nadie. Ya en su Yamaha íbamos armando la excursión a 54kms por hora; te dejo en el abra y te recojo abajo, cuando cruces el río unas 4 horas y media después. Sonaba perfecto. Y lo fue. Shacsha está rodeada de apachetas, esos cúmulos de piedras votivas que semejan los picos alrededor. No vacilamos en colocar la nuestra sobre la más grande. 

Prácticamente empedraron la quebrada entera con una magnífica escalera de piedra.

El camino inca aparece de pronto, imponiéndose sobre la geografía o más precisamente, aflorando con delicadeza de ella como lo hace la hierba. Nos guiará permanentemente por horas. En las calmas aguas de Quihuacocha se refleja todo el pico nevado este del bicéfalo Pariacaca. El caminante se deja llevar por el empedrado hasta Cuchimachay donde llamas preñadas se mueven en dirección al apu, perennizadas en tinta roja sobre los muros interiores de esta inmensa caverna por casi 10 mil años. La enormidad de horas hombre necesarias para la consecución de este camino sólo puede ser obra de un  gran imperio. Sin duda alguna se trata de un senda ritual que conduce al caminante en peregrinación por las entrañas profundas de la geografía sacra de los Andes. Encima de la gran laguna se distingue claramente el Amaru; la serpiente de dos cabezas petrificada tras ser lanzada por Huallallo contra Pariacaca. Bajo al lado de la catarata y me siento a descansar a la orilla, el agua turquesa rozándome las botas. Se me viene a la mente el fanatismo enfermo del cristiano Avila. Venir hasta aquí con el solo propósito de devastar el santuario. La ironía está en que al tomar nota de la destrucción que iba causando logra precisamente lo contrario; perpetúa en el Manuscrito de Huarochirí el imaginario, los sueños y anhelos del peruano antiguo. Un intento fallido del hombre pues la naturaleza siempre gana. Es  aquí en Mullucocha donde los peregrinos ofrendaban spondylus, la concha roja traída desde la costa ecuatorial,  bocado predilecto de Pariacaca.

El particular islote en la laguna la destaca del resto; recuerdo la indicación del Jashi al ver que cargaba un wetsuit en mi mochila “No vayas a nadar a la isla, estarás solo y no hemos hecho un pago”. Con el agua turquesa hasta las rodillas me zambullo de cabeza. Doy la vuelta y salgo congelado pero feliz. No he hecho pago, lo entiendo bien. Me seco y sigo y d os horas después me vuelvo a sacar las botas para cruzar el río. De regreso en moto al campamento en Tambo Real conversamos sobre la posibilidad de que más peruanos conozcan este lugar. Le prometí contar la historia de Pariacaca y Mullucocha. Y regresar a nadar, esta vez sí, hasta la isla.

La laguna más hermosa que hemos visto.

Published by El Peru es un camino

Ratón de biblioteca que se cree explorador.

Leave a comment