Aquicito no más; José Santos Chocano

¡Cómo les jode a algunos cuando el campesino les reponde

– “aquí no más”

al preguntarle desesperados

– “¿cuánto falta para llegar?”!

Chocano: la tumba es pequeña porque ordenó lo enterrasen parado

Si hay algo que me gustaría poder hacer como otros, tener una capacidad especial, una predisposición natural, eso es caminar como lo hacen los campesinos de la sierra. Subir, bajar mismo “los cholos de Calemar” que van a Shicún por palo de balsa en La serpiente de oro; o como los niños de Quiuñalla que bajan casi 2 mil metros para pescar en el Apurímac y luego retornar.

A los ojos de la gente del llano (para los costeños, como los limeños) esta capacidad innata para vencer los caminos a pie resulta mas bien, irónicamente, una especie de  “handicap mental”. El prejuicio es tal que se concluye por la total incapacidad del indio para medir las distancias adecuadamente. Como todo prejuicio, este también se funda en la ignorancia, pero además en la ceguera que proyecta como insensatez ajena la incapacidad propia.

Al costeño le parece absurdo el  “aquicito no más” que obtiene como respuesta tras inquirir por el cuánto falta a un campesino. Los campesinos, calzando humildísimas chanclas hechas de llanta usada van Y vienen de arriba Y de abajo, sin más. En cambio, ir O venir para el desadaptado costeño son dos cuestiones absolutamente distintas. Bajar O Subir son mundos opuestos, son el día y la noche.

En el siguiente texto Chocano se admira de esta capacidad y la toma como inspiración para sus propias metas. El autor halla una emoción de Eternidad donde otros achacan una supuesta incapacidad:

Autóctono y Salvaje

III

Ahí, no más

– Indio que a pie vienes de lejos

(y tan lejos que quizás

te envejeciste en el camino,

y aún no concluyes de llegar…)

Detén un punto el fácil trote

bajo la carga de tu afán,

que te hace ver siempre la tierra

(en que reinabas siglos ha):

y dime, en gracia a la fatiga,

¿en dónde queda la ciudad?-

Señala el Indio un ágil cumbre,

que a mi esperanza cerca está;

y me responde, sonriendo:

– Ahí, no más…

Gano la cumbre; y, por fin ¿qué hallo?

Aridez, frío y soledad…

Ante esta cumbre, hay otra cumbre;

y después de ésa, ¿otra no habrá?

– Indio que vives en las rocas

¿quieres decirle a mi fatiga

en dónde queda la ciudad?-

El Indio asómase a la puerta

de su palacio señorial,

hecho de pajas que el Sol dora

y que desfleca el huracán:

y me responde, sonriendo:

– Antes un río hay que pasar…

– ¿ Y queda lejos ese río? …

– Ahí, no más…

Trepo una cumbre y otra cumbre

Cantor de América

y otra… Amplio valle duerme en paz;

y sobre el verde fondo, un río

dibuja su S de cristal.

– Este es el río; pero ¿en dónde,

en dónde queda la ciudad?-

Indio que sube de aquel valle,

oye mi queja y, al pasar,

deja caer estas palabras:

– Ahí, no más…

¡Oh, Raza fuerte en la tristeza,

perseverante en el afán,

que no conoces la fatiga

ni la extorsión del “más allá”.

– Ahí, no más… – encuentras siempre

cuanto deseas encontrar;

y, así, se siente, en lo profundo

de ese desprecio con que das

sabia ironía a las distancias,

una emoción de Eternidad*…

Yo aprendo en ti – lo que me es fácil,

pues tengo el título ancestral-

a hacer de toda lejanía

un horizonte familiar;

y en adelante, cuando busque

un remotísimo ideal,

cuando persiga un loco ensueño,

cuando prepare un vuelo audaz,

si a donde voy se me pregunta,

ya sé que debo contestar,

sin medir tiempos ni distancias:

– Ahí, no más…

Atención a la escena a partir del segundo 57

*  Chocano se refiere a la Eternidad como una “emoción”, Alegría habla de ella como un “impresión” (La ofrenda de piedra o La piedra y la cruz). El Perú inspiró a dos grandes de manera  similar.

Published by El Peru es un camino

Ratón de biblioteca que se cree explorador.

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