LA OFRENDA DE PIEDRA o LA PIEDRA Y LA CRUZ

Ciro Alegría (1909-1967)

“(…) sólo un pequeño número sabe que al lado de su obra de novelista (…) Alegría fue creando cuentos y relatos que revelan otra faceta de su quehacer narrativo, la que (…) alcanza un nivel de dignidad literaria que basta para justificar su lectura, aparte de las perspectivas que sugieren en la comprensión total del arte de Ciro Alegría. (…) en ‘La ofrenda de piedra’ el acento autobiográfico enhebra el relato con un particular impulso animador, que rescata – para la memoria urbana-  el perfil sobresaliente de pequeñas hazañas (…)” Alberto Escobar

ciroalegria
1953

Nota: 2009,  se cumplen cien años del nacimiento de este Maestro de la literatura peruanamente universal. Me referiré no a sus novelas sino a un pequeño relato menos conocido vinculado íntimamente al tema que aquí nos convoca. Aún así, no puedo dejar de decir que en la obra alegriana se plasman la grandeza y la miseria, la nobleza de espíritu, la humildad y la injusticia, el racismo, la añoranza y la esperanza, la Naturaleza y el hombre… todo ello desde los pueblos y caseríos remotos*  de la sierra norteña.

Me referiré sólo a este cuento; La ofrenda de piedra. Para el neófito lector (como para el protagonista) mal podría una piedra constituir una ofrenda. En la cultura occidental la noción de piedra es la de estar en  todos lados, se le considera tan común que su cotidianeidad le resta todo valor.

Sin embargo, para quienes gustan de recorrer el Perú a pie, una ofrenda de piedra no es algo inusual. Es más, las buscamos ansiosos en los cruces altos de las montañas  después de estar “yendo” o “viniendo” con cierto temor de no saber exactamente hacia dónde. Y cuando las encontramos sentimos el alivio que da el  haber tomado el camino correcto, porque los caminos están marcados con estas huellas del pasado milenario. Son las piedras apircadas, es decir, colocadas como apachetas las unas sobre las otras en un rito ancestral que literalmente, modifica la geografía**.

La ofrenda de piedra

En la sierra de La Libertad, un niño blanco hijo de hacendado y  su empleado indio recorren las alturas  a caballo en pos de la gran Cruz del Alto:

caballojalca
Los caballos del indio y del niño en la mera jalca

|extracto libre del cuento|

El caminejo comenzó a jadear trazando curvas violentas (…)

Un silencio más profundo que el de los hombres enmudecía las laderas (…) Camino arriba, ya no hubo siquiera arbustos ni cactos. Las rocas se dieron a crecer. Ampliábanse en lajas cárdenas y plomizas, tendidas como planos inclinados hacia la altura. Alzábanse verticalmente en las peñas prietas que remedaban inmensos escalones. Contorsionábanse en picachos aristados que herían el cielo tenso. Esparcíanse en pedrones que semejaban bohíos vistos a distancia. Superponíanse en muros de un inmenso cerco del infinito.

– ¿No le dará soroche niño?

Quería, en realidad, preguntar: “¿Se siente usted capaz de resistir la altura?” El interpelado respondió:

– Con mi papá he subido hasta el Manan. Sigue… (…)

Que el niño era blanco decíase por el color de su piel, aunque bien sabía él mismo que por las venas de su madre corrían algunas gotas de sangre india. (…)

Así que el niño blanco no lo era del todo, y más por haber vivido siempre entre dos mundos. El mundo blanco de su padre (…) y el mundo de su madre y el pueblo peruano de los Andes del Norte, aglutinación confusa hasta no poderse hacer cuenta de raza según la sangre y el alma. (…)

El niño blanco no habría sabido calcular el tiempo que duró la travesía a filo de abismo (…) Aquello terminó cuando el camino, curvándose y abriendo una suerte de puerta, asomóse a una llanura. El sintió que sus propios nervios se distendían (…) El viejo barbotó:

– ¡La mera Jalca!

Era el altiplano andino. La paja brava crecía corta en la fría desolación del yermo. En el fondo de la planicie, se alzaba una nueva crestería. El viento soplaba tenazmente, pasando libre sobre el páramo, desgrañando los pajonales, ululando, rezongando (…)

Las piedras de tamaño mediano eran escasas y menos se veían de las pequeñas, buenas para ser acarreadas. El indio desmontó súbitamente y se encaminó a cierto lado, derecho hacia una piedra que había logrado localizar y levantó en la mano.

– ¿Le llevo una pa usté, niño?

-No -fue la respuesta del muchacho.

Con todo, el viejo buscó otra piedra y volvió con ambas (…)

– Hay que cargar las piedras desde quí. Más adelante se han acabao… (…)

– ¿Y dónde está la cruz?

El viejo señaló con el índice cierto punto de la crestería, diciendo:

– Esa es…

Qori3Cruces

Se referían a la gran Cruz del Alto, famosa en toda la región por milagrosa y reverenciada. Estaba situada en el lugar donde la ruta vencía a la más alta cordillera. Era costumbre que todo viajero que pasase por allí, dejara una piedra junto a la peña. A través de los años, las piedras transportables que hubo en las cercanías se agotaron y tenían que llevarlas desde muy lejos. Año tras año aumentaba la distancia, pero no decrecía la recogida.

El muchacho llevaba también algo en relación con la cruz, pero dándole vueltas en la cabeza. Al despedirse, su padre le había dicho:

– No pongas piedra en la cruz. Esas son cosas de indios y cholos, de gente ignorante. (…)

Cavilaba sobre ello cuando sonó la voz del indio, quien se atrevía a advertirle:

– La piedra es devoción, patroncito. Todo el que pasa tiene que poner su piedra (…) A los que no lo hacen , les va mal… Yo no quiero que le pase nada malo, patroncito. (…)

– Calla ya -díjole.

El viejo enmudeció.

Violento o manso, el viento no cesaba. Su persistencia era baño helado. El muchacho tenía las manos ateridas y sentía que las piernas se le estaban adormeciendo. Esto podría deberse también al cansancio y  a la altura. Acaso su sangre estaba circulando mal. Un ligero zumbido había comenzado a sonar en el fondo de sus oídos. Tomando una rápida resolución, demontó diciendo al guía:

– Jala tú mi caballo… ¡Sigue!

Sentía que las puntas de sus pies estaban duras y frías y que las piernas  le obedecían mal. Apenas podía respirar, como que le faltaba el aire enrarecido y su corazón retumbaba. Claramente, oía el violento y el trabajoso palpitar de su corazón. (…) Su padre le había hablado también de la forma en que hay que comportarse en las grandes alturas y eso estaba haciendo. Sólo que hasta caminar resultaba difícil. (…) Sus labios estaban partidos y sangrantes. Un rastro rojizo quedó en sus dedos. Recordó cómo su madre solía curarlo y una honda congoja le anudó el cuello. La nostalgia de la madre le hizo asomar a los ojos lágrimas tenaces que se los empañaron. Se las secó rápidamente, para que no lo viera llorar ese indio que iba cargando neciamente dos piedras. (…) El muchacho persistió en marchar (…) Al poco rato, se le habían entibiado las manos. (…)

-¿Va a montar, niño?

– Sí (…)

Trote adelante advirtió que la cordillera situada al fondo de la llanura, quedaba ya  muy cerca. Alzando los ojos, vio la cruz (…) Sobre un promontorio, la cruz extendía sus brazos al espacio, bajo un inmenso cielo. (…)

El muchacho pensaba que, de no haberse puesto a caminar, ahora se le habría paralizado el cuerpo. (…)

Habiendo pasado bien por la prueba, hasta estaba alegre. Quien echaba miradas recelosas era el indio. El niño blanco las entendió, y mas viendo el sendero y sus inmediaciones, prácticamente limpios de toda piedra que se pudiera transportar. (…)

– Patroncito: cuando los taitas pasan con chiquitos, les dan tamién su piedrecita a cargar… Así, en años y años, hasta las piedras chicas se han acabao (…)

– ¿Y cuándo comenzó todo esto?

– No hay memoria. Mi taita ya contaba de la devoción y el taita de mi taita, lo mesmo (…)

– Puedo entender que ante las imágenes y cruces pongan lámparas y velas… ¡pero piedras!…

El indio se quedó meditando y, esforzándose por dar expresión adecauda a sus pensamientos, dijo lentamente:

– Mire, patroncito… La piedra no es cosa de despreciarla… ¿Qué fuera del mundo sin la piedra? Se hundiría. La piedra sostiene la tierra. (…)

kintu
“Hay algunos cerros de piedra a los que llevan ofrendas de coca y chicha y les                                                                    preguntan cosas. Son como dioses.”                                                        K’intu es el ramillete de tres hojas de coca de forma perfecta ofrendada al                                              Apu, dios mayor o espíritu de las montañas                                     

– ¿Qué importancia tiene la piedra?

– Es como poner vela, o un ramo de flores, y quién sabe más, la piedra…

Callaron ambos. Ni el viejo ni el muchacho sabían de las innumerables piedras míticas que había en su historia ancestral (…) Más allá de las razones que se dieron, existían otras que no pudieron aflorar a su mente y sus palabras. El viejo, confusamente compadecía al niño por creerlo un ser mutilado, remiso a la alianza profunda con la tierra y la piedra, con las fuentes oscuras de la vida. Le parecía fuera de la existencia, como un árbol sin raíces, o absurdo como un árbol que viviera con las raíces en el aire. Ser blanco, después de todo, resultaba hasta cierto punto triste.

El muchacho, por su parte, hubiera querido fulminar la creencia del viejo, pero encontró que la palabra ignorancia no tenía mucho significado, que en último término carecía de alguno, frente a la fe.

El camino se lanzó por una encañada (…) en una curva tendida entre los picachos, encontraron a la reverenciada Cruz del Alto. Como a cincuenta pasos del camino, hacia un lado, se levantaban los recios maderos ennegrecidos por el tiempo. La peaña cuadrangular sobre la cual se los alza, estaba enteramente cubierta de las piedras amontonadas por los devotos. El pedrerío seguía extendiéndose por todos lados (…)

El indio desmontó. El niño blanco hizo lo mismo, para ver mejor lo que pasaba. (…)

Sacándose el sombrero y haciendo una reverencia, en actitud ritual, colocó su propia piedra sobre las otras. (…) Había en toda su actitud algo profundamente conmovedor y al mismo tiempo digno.

apacheta
Piedra sobre piedra

En el horizonte, las nubes formaban un marco albo sobre el cual las cumbres se recortaban (…) Coloreados de árboles y bohíos en sus bases, los cerros íbanse limpiando de tierra y por último, de no llegar a coronarlos de nieve espejeante, la roca estallaba en una dramática afloración. La piedra cantaba su épico fragor de abismos, de picachos, de farallones, de cresterías, de toda suerte de cimas agudas y cumbres encrespadas, de roquedales enhiestos y peñones bravíos, en sucesión inconmensurable cuya grandeza era aumentada por una impresión de eternidad. Simbólicamente acaso, ese mundo de piedras estaba allí, al pie de la cruz, en las ofrendas de miles de cantos, de piedra votivas, llevadas a lo largo del tiempo, en años que nadie podía contar, por los hombres del mundo de piedra.

El niño blanco se acercó silenciosamente (…) tomó la piedra y avanzó (…)

* ” Lo remoto” en Wade Davis

** El desierto de Borges

***  ” Apacheta” en Onomástica Andina, Rodolfo Cerrón-Palomino

Published by El Peru es un camino

Ratón de biblioteca que se cree explorador.

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